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Hoy, mientras escribo estas líneas, el presidente Donald Trump alzó la voz en la Asamblea General de Naciones Unidas. Su discurso fue fuerte y contundente, centrado en la soberanía nacional frente al globalismo. No estuvo exento de polémica, aunque conectó con sectores que sienten haber perdido control sobre sus fronteras y economías. Al mismo tiempo, algunas de esas inquietudes resuenan, con un tono más técnico y moderado, en otras voces internacionales que alertan sobre la creciente fragmentación económica y política del mundo.
Ese mismo día, el Foro Económico Mundial publicó su Chief Economists Outlook - Septiembre 2025. Desde otra orilla, con el lenguaje de los datos y los gráficos, el informe recoge tensiones similares: un planeta que crece de manera desigual, que se fragmenta en sus cadenas de valor y que avanza hacia la transición energética entre dudas, costos y oportunidades. Más allá de coincidencias y diferencias, el punto común es claro: vivimos un tiempo donde lo inmediato domina la agenda, pero lo decisivo sigue estando en el largo plazo.
Tendencias globales y sus implicaciones locales
El Outlook muestra cómo la economía internacional combina dinámicas de dinamismo y focos de vulnerabilidad que marcan el pulso del presente y el corto plazo:
• El crecimiento mundial se mantiene moderado: Asia y Norteamérica lideran, Europa enfrenta estancamiento y Latinoamérica apenas camina, dependiente de exportaciones y vulnerable a choques externos.
• La inflación persiste en alimentos y energía. Los bancos centrales mantienen cautela con tasas restrictivas que prolongan la incertidumbre.
• La fragmentación geoeconómica se intensifica: estándares tecnológicos distintos, cadenas de valor reinterpretadas y más nearshoring, lo que abre oportunidades para países con estabilidad institucional.
• La innovación y la digitalización son motores de productividad y competitividad, pero también fuentes de desigualdad si no se acompañan de inversión educativa, ética y acceso equitativo.
• La transición energética es inevitable, urgente y costosa. Su financiamiento será un desafío para la región si no se consolidan políticas claras y alianzas estratégicas, guiadas por evidencia presente y visión de futuro, no por intuición.
Colombia y Latinoamérica ante la bifurcación
Si estas tendencias marcan el tablero global, la pregunta inevitable es cómo se ubica nuestra región en este escenario. Colombia y Latinoamérica tienen frente a sí la elección entre replegarse o atreverse a jugar un rol protagónico:
• Colombia necesita infraestructura moderna -digital, logística, energética- que cierre brechas internas y regionales.
• Fortalecer el Estado es esencial: eficiencia, transparencia, seguridad y meritocracia para recuperar confianza e impulsar inversión.
• Adoptar una mirada de futuro resulta urgente: decisiones basadas en evidencia, anticipación estratégica y visión más allá de ciclos electorales.
Desde la transición eólica en La Guajira hasta el auge del nearshoring en México, la región ya enfrenta decisiones que marcarán su competitividad y sostenibilidad en las próximas décadas.
Recomendaciones estratégicas para los nuestros
En este contexto, la incertidumbre no debe verse como un obstáculo, sino como la materia prima de la estrategia y la innovación. Para gobiernos y empresas, tres líneas de acción se vuelven prioritarias:
1. Establecer políticas estables que promuevan innovación, transición verde y desarrollo tecnológico inclusivo.
2. Impulsar alianzas regionales sólidas que aprovechen el nearshoring y permitan compartir riesgos frente a la fragmentación global.
3. Institucionalizar la gobernanza anticipatoria: escenarios de riesgo geopolítico, climático y social como parte del ADN de la política pública.
Hacia un futuro compartido
El discurso en Nueva York y el reporte en Ginebra parten de lógicas distintas, pero ambos reflejan el mismo dilema: un mundo que se fragmenta mientras intenta crecer y cooperar. Colombia y Latinoamérica no pueden resignarse a ser espectadores de esa tensión. Les corresponde anticipar cambios, construir instituciones sólidas y generar alianzas que conviertan vulnerabilidades en oportunidades.
El momento exige pasar de la retórica a la acción: diversificar nuestras economías, invertir en educación e innovación, y apostar por la integración regional como escudo y plataforma. No basta con diseñar políticas; se trata de poner en el centro a nuestra gente: a los jóvenes que enfrentarán un mercado laboral en transformación, a las comunidades que temen quedar rezagadas en la transición energética, a los emprendedores que buscan competir globalmente y a los trabajadores de hoy, que con su esfuerzo sostienen la construcción del presente y abren camino al futuro.
La soberanía del mañana no se medirá en muros ni en rechazar la interdependencia, sino en nuestra capacidad colectiva de decidir, cooperar y actuar con visión de futuro, incluso desde la diferencia. Solo así construiremos un porvenir compartido que trascienda coyunturas y fronteras, y que entregue a las próximas generaciones una región más justa, innovadora y resiliente.
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