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Analistas 23/09/2026

1776

Francisco Barbosa
Exfiscal general
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La Declaración de Independencia de los Estados Unidos es mucho más que el documento mediante el cual trece colonias rompieron sus vínculos con la Corona británica. Es una pieza fundadora del constitucionalismo moderno. En 1776 planteó una idea revolucionaria: existen derechos que anteceden al Estado y el poder político solo es legítimo cuando deriva del consentimiento de los gobernados. La vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad quedaron incorporadas al ADN político estadounidense.

Este año se cumplen 250 años de aquella declaración. La Constitución federal llegaría en 1787. Después vendrían la Declaración francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 y, mucho más tarde, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Pero lo extraordinario del experimento estadounidense no está solamente en la influencia de sus textos fundacionales. Está en haber construido una nación alrededor de un propósito.

La expansión territorial convirtió las antiguas colonias en una potencia continental, pero multiplicó los conflictos sobre la esclavitud y la Unión. La Guerra Civil estuvo a punto de destruir el país. Su desenlace preservó la Unión y condujo a la abolición de la esclavitud. Sin embargo, las leyes de Jim Crow prolongaron durante décadas la segregación. Fue necesaria otra larga lucha política, jurídica y social para acercar la realidad a los principios de 1776.

David Leonhardt aborda otra dimensión en su libro “Ours Was the Shining Future” (2023): el sueño americano. La prosperidad necesitó inversión, educación, infraestructura, empresas, trabajadores organizados y una clase media capaz de participar de los beneficios del crecimiento. La Gran Depresión puso ese modelo a prueba. Roosevelt respondió con el New Deal y transformó la relación entre Estado, mercado y sociedad. Décadas después, Reagan reivindicó el mercado, la desregulación y la iniciativa individual.

Jill Lepore en su libro “Case for the nation” (2025) plantea otra pregunta esencial: ¿qué mantiene unida a una nación extraordinariamente diversa? No que todos piensen igual, sino una historia común, unas instituciones y unos principios alrededor de los cuales pueden librarse incluso las mayores disputas.

Porque Estados Unidos, más que un país, es un sistema. Un sistema construido alrededor de pilares que han sobrevivido a guerras, depresiones, confrontaciones sociales y cambios de gobierno: libertad, propiedad, instituciones, iniciativa privada y una economía de mercado que convirtió la innovación en motor de desarrollo.

La comparación con Colombia resulta inevitable. Desde nuestras primeras constituciones hasta 1991 hemos buscado repetidamente en nuevas cartas y grandes reformas respuestas a nuestras crisis. Centralismo y federalismo, Rionegro, la Regeneración, la Constitución de 1886 y finalmente la de 1991 muestran una nación que durante dos siglos ha discutido cuál debe ser su acuerdo fundamental.

Colombia no carece de principios. La Constitución de 1991 estableció el Estado social de derecho, el pluralismo, la dignidad humana y la prevalencia del interés general. Nuestro desafío es convertir esos principios en un propósito nacional capaz de sobrevivir a gobiernos, ideologías y coyunturas.
Ahí está la enseñanza de 1776. Estados Unidos atravesó esclavitud, guerra civil, segregación, depresión y profundas confrontaciones sociales. No siempre cumplió su promesa fundacional y muchas veces la contradijo. Pero encontró dentro de sus propias instituciones la capacidad de corregirse, transformarse y avanzar sin destruir lo construido para comenzar nuevamente.

Doscientos cincuenta años después, esa reflexión sirve para Colombia. Una república madura comprende que gobernar no significa refundar el país cada cuatro años. Los gobiernos pasan y las ideologías cambian; las instituciones deben permanecer. Colombia necesita construir sobre lo construido, preservar lo que funciona y corregir lo que falla. Esa es quizás la lección más importante de 1776: una nación perdura cuando su propósito común es más fuerte que sus divisiones, sus instituciones más fuertes que sus gobernantes y su futuro más importante que la coyuntura.

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