Analistas

¿Un acuerdo de paz en Colombia es un Cisne Negro?

1. Escenario actual
Entre las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial a mediados de 1945 y el final de la Guerra Fría en 1989, la economía colombiana pasó de ser predominantemente rural y agraria a urbana y semindustrial. La industrialización fue el elemento dominante en este proceso y estuvo apoyada por un activo intervencionismo estatal, especialmente en la regulación de las transacciones con el exterior y del sector financiero. El peso de la estrategia de industrialización varió a lo largo de este periodo: fue decidida hasta los años sesenta, pero se debilitó desde los comienzos de los setenta, habiendo perdido su contenido estratégico al final de esa década y entrados los años ochenta .

Entre 1980 y 2006, hubo cambios importantes en las relaciones del Estado y la economía: “hay una pugna entre dos concepciones diferentes de la acción del Estado que no se ha resuelto plenamente. Hay una transformación sustancial de la estructura productiva y de las formas de inserción del país en la economía mundial, en medio de un crecimiento económico lento e inestable. A su vez, estas características están estrechamente relacionadas con importantes cambios en el escenario económico internacional”.

Los aires de neoliberalismo soplaron en Colombia desde los años setenta especialmente en sector financiero, la liberación económica y comercial fue tímida, pero entrados los noventas se convirtió en una realidad institucional. Simultáneamente, el problema de los grupos armados irresoluto ad portas del siglo XXI, encontró en el narcotráfico el oxigeno necesario para estar vigente en un país en donde la reformas agrarias no han logrado avanzar en mejorar la propiedad de la tierra, el modelo agrario y mucho menos en equidad social. Bien se podría plantear que no hay una propuesta económica que busque solucionar los casi 60 años de conflicto armado; no quiere decir eso que no hayan existido a lo largo de ese tiempo avances, fórmulas y propuestas de paz en función de la pacificación mas no en materia de soluciones estructurales que erradiquen los orígenes del problema.

Desde los años 60 hasta los 80, las soluciones al problema de la guerrilla en Colombia fueron marginales, solo obedecieron a firmas de acuerdos, participación en política y una tímida entrega de armas, todo esto enmarcado en un contexto económico nacional cambiante y un escenario internacional aun sin una lucha sin cuartel al terrorismo ni al narcotráfico. Entre 1998 y 2013, se ha abordado el tema del conflicto armado colombiano desde varios enfoques institucionales, es decir liderados por los cuatro gobiernos que abarcan dicho periodo. La administración de Andrés Pastrana (1998-2002) logró eclipsar el descrédito nacional e internacional causado por la guerra del narcotráfico y sus efectos la política colombiana apostándole a una zona de despeje que a la postre se convirtió en un problema mayor que llevó a una propuesta de guerra frontal contra la guerrilla que caracterizó los dos periodos de Álvaro Uribe (2002-2004 y 2004-2008).

Ahora corren días encaminados a configurar un nuevo acuerdo de paz liderado por el gobierno de Juan Manuel Santos (2008-2012) en el que los actores sociales, políticos y económicos cuestionan la naturaleza del proceso y se desconfía si verdaderamente será definitivo o es una compleja estrategia política para nuevamente hacer que los anhelos de paz sean el arbitro de la aspiración a ser reelecto por otros cuatros años. La política se revuelve más aún porque la estrategia de enfrentar al tema guerrillero difiere de un sector a otro. A pesar de que los últimos dos presidentes son originarios de las mismas ideas políticas e incluso compartieron administraciones trascendentales en la historia reciente, han configurado una inoportuna lucha política electorera sobre la manera de cómo salir del conflicto interno. Pero el tema crucial se haya en las crónicas disputas políticas de los ex presidentes: “En Colombia no es difícil amarrar a un presidente, pero no se debe jugar con el poder de los ex presidentes. Son infinitamente más peligrosos que los presidentes, porque no tienen periodo fijo”.

Para entender el problema colombiano hay que mirar el entorno de la región, un ejercicio que a todas luces puede resultar elocuente para determinar que es un asunto puramente interno. La situación de Colombia no es muy aislada de lo que sucede en varios países de América Latina. Si se miran las tesis de Robinson cuando hace una lista de naciones en la región continental las ordena desde la más rica hasta la más pobre y aparecen Canadá y Estado Unidos a la cabeza. A continuación Chile, Argentina, Brasil, México y Uruguay, y quizá también Venezuela, en función del precio del petróleo. Luego aparecen Colombia, República Dominicana, Ecuador y Perú. Al final de la lista, otro grupo más pobre, se incluyen a Bolivia, Guatemala y Paraguay. Si retrocedemos cincuenta años, veremos que la clasificación es idéntica. Cien años: lo mismo. Ciento cincuenta años: lo miso otra vez. Por lo tanto, no es solo que Estados Unidos y Canadá sean más ricos que América Latina, sino que existe una brecha definitiva y persistente entre los países ricos y pobres dentro de América Latina .

Robinson y Acemuglu plantean que es muy común aceptar que la desigualdad tiene que ver con la geografía. Muchos países pobres, como los de África, América Central y el sur de Asia, se encuentra entre los trópicos de Cáncer y Capricornio. En cambio los países ricos suelen estar en latitudes templadas. Esta concentración geográfica de la pobreza y la prosperidad da un atractivo especial a las hipótesis geográficas, que es el punto de partida de las teorías e ideas de muchos sociólogos y expertos. Esta postura ha sido derrotada bien entrado el siglo XXI cuando hay milagros económicos como los de Malasia, Singapur y Botsuana. El punto real no es geográfico, la espina dorsal del desarrollo y el bienestar logrado por los países radica en su organización estatal, el respeto por las normas y por supuesto el grado de instituciones que han desarrollado los países, tales como los códigos, las superintendencias, y la norma de normas, una constitución a prueba de intereses políticos.

Ese es el escenario actual al cual se enfrenta el país político, económico y social y sobre el cual es oportuno lanzar una pregunta crucial para los estudios políticos: ¿un acuerdo de paz en Colombia es un cisne negro?

2. Baja probabilidad
Nassim Nicholas Taleb es un financiero libanés que se dio a conocer en todo el mundo en 2007 cuando Random House publicó su libro The Black Swan. Una propuesta editorial que propone mirar el impacto que tienen las cosas y situaciones altamente improbables en la cotidianidad. Sus teorías basadas en que las predicciones económicas sucumben ante acontecimientos impredecibles que acarrean impactos gigantescos son referencia obligada en el mundo financiero, máxime ahora luego de varias recesiones en las economías de los países más desarrollados. Taleb tiene un MBA de la escuela de negocios Wharton de la Universidad de Pensilvania y un doctorado en la Universidad de París y es profesor de ingeniería del riesgo del instituto politécnico de la Universidad de Nueva York.

Pero, ¿qué es esto del cisne negro y cómo un acuerdo de paz con la guerrilla colombiana puede mirarse desde este punto de vista? Taleb narra en su libro que antes del descubrimiento de Australia, los europeos pensaban que todos los cisnes eran blancos, pero una vez desembarcaron en esas costas en donde los cisnes negros son, de hecho, relativamente comunes, tuvieron que reajustar sus ideas. La lección de la historia es que siempre hay excepciones que esperan ser descubiertas de manera totalmente accidental. Lo que llamó cisne negro es un acontecimiento excepcional e impredecible que acarrea consigo un impacto gigantesco. Para los colombianos lograr un acuerdo de paz con una guerrilla histórica muy activa durante el último medio siglo no es un acontecimiento impredecible, pero si tendrá grandes consecuencias en el futuro de las nuevas generaciones.

En palabras de Taleb, estos cisnes negros pueden ser negativos, como el 11 de septiembre de 2001, o positivos como el descubrimiento del Viagra: nadie estaba buscando mejorar la calidad de vida de los hombres mayores cuando accidentalmente descubrieron la droga . Taleb creció escuchando que con seguridad la guerra en Líbano acabaría pronto, algo que tardó 15 años en ocurrir, lo cual le hizo comprender hasta qué punto los adultos manejaban mal el tema de las probabilidades. Igual que en Colombia, generaciones nacidas en las décadas de los 40, 50, 60, 70, 80, 90 y ahora del nuevo siglo (los nacidos de 2000 para acá) han desarrollado diferentes percepciones de lo que representa vivir en paz, sin una guerrilla a la cual culpabilizar de todos los problemas políticos, sociales y económicos; al tiempo de que no hay dirigentes ni líderes que hayan elaborado un discurso postconflicto real, pues toda su formación y desarrollo discursivo tienen que ver con el maltrecho orden público que afecta parte importante del territorio nacional, pero sin real trascendencia para los sectores y zonas que toman las decisiones.

La política, al igual que los mercados financieros, sistemáticamente minimizan el riesgo de grandes hechos improbables. Durante todas las décadas pasadas desde cuando el fenómeno de las guerrillas comunistas pasaron de ser una moda a una tendencia en América Latina, los gobiernos colombianos relegaron decisiones estructurales al problema que poco a poco pasó de financiarse con delincuencia común como el cuatrerismo, a recibir rentas de la poderosa Unión Soviética, hasta encontrarse plenamente en el territorio colombiano con el negocio del narcotráfico. Y ese ha sido el oxigeno que le ha permitido seguir afectando el diario acontecer de puntos concretos que solo representan el cuatro por ciento del país, pero casi la totalidad de los discursos de los gobiernos de las últimas décadas, con mayor proporción desde la administración Pastrana en la que se dieron dos realidades altamente probables, el tamaño de los guerrillas sus intenciones para llegar al poder por las armas y la debilidad como fuerza que tenían en ese momento las instituciones militares.

Derrotar a la guerrilla se convirtió en un asunto de baja probabilidad para los colombianos, hasta que los discursos de la seguridad democrática repetidos constantemente durante la administración Uribe fueron menospreciando el problema o haciéndolo cotizar a la baja en la percepción de la opinión pública colombiana. Sus dos administraciones hicieron creer que el asunto de la guerrilla era cosa del pasado y que su ataque frontal había sido un éxito. Una afirmación muy alejada de la realidad en varias regiones de Colombia.

3. Alto impacto
Cada año la mayor partida presupuestal se destina para el Ministerio de Defensa principalmente con destino al pie de fuerza colombiano y a la lucha contra los grupos armados ilegales. La Corporación Nuevo Arco Iris (2011) dice que en la última década se han dirigido a este propósito más de 184 billones de pesos, en promedio, en los últimos 8 años 4,2 por ciento del presupuesto nacional anual se ha gastado en defensa y se ha duplicado el pie de fuerza. “En 2002 el total de la fuerza pública en Colombia era más o menos 275.000 y hoy en día son 452.000, nosotros en este momento tenemos un ejército prácticamente igual al de Brasil a pesar de que somos 5 veces menos personas y tenemos 4 veces menos territorio”.

Otros datos plantean que el gasto en la guerra es ineficiente porque estos recursos se podrían utilizar para generar un crecimiento económico, pero necesario para afrontar las amenazas que representan los grupos guerrilleros. Hace tránsito o cursa la idea de que así se acabe el conflicto no se va a generar un espacio fiscal para invertir en otros sectores, pues se iría a mantener un aparato de seguridad a nivel rurales, a atender los altísimos costos que supone la reincorporación a la vida civil de los guerrilleros desmovilizados y a atender los compromisos financieros que resulten de una negociación. Socialmente se cree que los ahorros que puedan surgir de lograrse el fin de la guerra deben venir de un programa de reconversión, en el que las fuerzas militares no se dediquen a resolver los conflictos internos sino a prepararse para atender amenazas exteriores, a enfrentar el narcotráfico creciente, mayor presencia de la autoridad en las regiones más apartadas y a ejercer labores de paz.

La paradoja es la siguiente: si un acuerdo de paz en Colombia es un evento de alto impacto social, económico y político que puede cambiar la historia del país en el mediano y largo plazo, puede tratarse como un fenómeno cercano a un cisne negro que de improbable ocurrencia. Para acercarse a un análisis más o menos detallado del por qué pasaron las cosas y qué sucederá en el mediano y largo plazo tenemos que adentrarnos en las zonas de Taleb denominadas Extremistán y Mediocristán. Arranquemos inicialmente por la segunda región.

4. Mediocristán y Extremistán
“En la provincia utópica de Mediocristán, los sucesos particulares no aportan mucho individualmente, solo de forma colectiva. Puedo formular la regla suprema de Mediocristán en estos términos: cuando la muestra es grande, ningún elemento singular cambiará de forma significativa el total. La observación mayor seguirá siendo impresionante pero, en última instancia, será insignificante respecto a la suma” . Mirado con esta lente, el país político ha inscrito el crónico proceso de paz como una cadena de eventos repetitivos e irrelevantes a lo largo de cinco décadas en donde nunca pasa nada trascendental haciendo que el bien general siempre sea escéptico por lo que pueda ocurrir cuando comienzan esos contactos y acuerdos corrientes entre guerrilleros y gobernantes de turno.

En el Mediocristán del proceso de paz colombiano se hacen y se deshacen pactos, acuerdos, tratados, ceses al fuego, conversaciones, diálogos, etc., sin conciencia histórica, sin responsabilidades. Toda una suerte de acciones que se acumulan unas tras otras sin mayores resultados trascendentes, en donde guerrilleros y políticos de turno hacen de los tiempos de confrontación y los tiempos de conversación un modo de vida rentable y que se perpetua por décadas. Vivir en ‘modo conversaciones con la guerrilla’ se ha hecho frecuente y parte ordinaria de los colombianos. Se atraviesa una época donde nadie cree que pase nada en el frente del conflicto interno. Un país que se acostumbró a vivir de esa manera.

Esa inercia de negociaciones a lo largo de todo estos años han inscrito una tema fundamental para el país en una zona árida sin credibilidad alguna. Puede hacerse una fila india con todos los negociadores, comisionados, enlaces y contactos entre los diferentes gobiernos y guerrillas y los resultados no son sorprendentes generando en la sociedad un escepticismo crónico. No hay ningún evento escalable en los diferentes procesos, hay más bien retrocesos y acumulación de errores históricos que se traen a valor presente para no avanzar hacia el futuro. Los actores coyunturales, los políticos de turno reciben pequeños segmentos de victoria, no logran nada estructural, ni nada disruptivo en un marco histórico. Claramente todas las acciones se encuentran en los llamados entornos ancestrales que no dejan progresar. Todos nuestros procesos de paz llevados a cabo durante cinco décadas gatean, cuando se necesitan que salten.

Como en la fábula del ‘pastorcito mentiroso’, todos sus anuncios de falsos ataques del lobo se van acumulando al igual que los procesos de paz estériles, de tal manera, que cuando haya una ataque cierto el lobo (un proceso real y duradero) nadie está protegido hacia el eventual postconflicto. Es la explicación de los mil y un días del pavo antes del día de acción de gracias o del marrano antes de la noche buena ¿Qué tal si uno de los muchos acuerdos sí da resultados ciertos que cambien la historia?

Los colombianos han aceptado y asumido que viven sus días en Mediocristán y si se vive allí los cisnes negros no existen o tiene escasas consecuencias. Frente a la paz Colombia, tiene error de confirmación, falacia narrativa; la naturaleza de los actores políticos no está programada para los cisnes negros; hay distorsión de la pruebas silenciosas, y se concentran en unas cuantas fuentes bien definidas, es decir ‘tunelamos’ guiados por la incertidumbre. En Extremistán a cambio las desigualdades son tales que una única observación puede influir en forma desproporcionada en el total. Justamente eso, la última llamada de urgencia sobre el ataque del lobo en la aldea del ‘pastorcito mentiroso’ era realmente cierta. Era una única observación y definitiva. En Extremistán si se pueden generar cisnes negros, y de hecho sucede, pues unas cuantas ocurrencias han influido colosalmente en la historia.

Hay razones de peso para distinguir entre los dos puntos de vista que permitan ubicar los mundos o las zonas en los que nos movemos en las decisiones políticas y que si las asimilamos en consciencia podremos avanzar en la búsqueda del bienestar común. Mediocristán es donde tenemos que soportar la tiranía de lo colectivo, la rutina, lo obvio y lo predicho. En cambio en Extremistán estamos sometidos a singular, a lo accidental, a lo imprevisto, a lo no predicho. La mayor parte de la acción del cisne negro está en Extremistán, pero hay acciones que son raras e imprevistas, mas no son verdaderos cisnes negros que todo lo cambian. En Mediocristán el hombre medio o promedio es común y corriente si hacemos una fila de personas, al igual que si miramos detenidamente con detalle un suceso podremos determinar que pasara en este reino; mientras que en Extremistán hablamos del enano o el gigante de la fila y si miramos detenidamente las cosas nos llevará mucho tiempo saber qué va a pasar.

5. Conclusiones
Colombia es un país político que saca la cara como una de las dos democracias más antiguas del continente americano y sobre esa creencia pesan muchas de sus acciones internas. Aunque si se hace una pregunta cruda, ¿por qué si se es una democracia consolidada existe un conflicto interno irresoluto desde hace muchas décadas, además existen generaciones enteras de colombianos que nunca han tenido un día de paz en sus existencias? La respuesta o las respuestas a esta situación tiene que ver con la postura con que los políticos de turno encargados de llevar al país a otro estado de desarrollo han asumido.

Casi todas las actuaciones de los líderes políticos están ancladas en Mediocristán en donde los sucesos son promedio, típicos e irrelevantes. Eso se debe a que hay una creencia generalizada de que todo ya se hizo y que no funcionó; creencia que se convierte en un gen dominante en la toma de decisiones, en el ADN de los comportamientos electorales de los votantes en una elección y marca la actitud de los mismos políticos en su desempeño público. Sucede que cuando algún tecnócrata logra una posición relevante en donde puede lograr un cambio verdadero, le hecha mano a la estadística y demuestra que siempre las cosas se han hecho de una u otra manera y los resultados son estos u otros, no hay discusiones epistemológicas o abundan sin llegar a ninguna parte. Hay una fidelidad al modelo de lo común y corriente y que todo cambien para que nada cambie, giros de 360 grados en las ejecuciones públicas.

Aquí Extremistán no existe en el pensamiento político y no hay una tierra abonada para que crezcan los cisnes negros. Nuestros políticos siguen los pensamientos de siglos pasados con los que justifican sus posturas en la actualidad, no creen que las cosas cambian ni hacen mucho para así suceda. Miremos por ejemplo que en el siglo XIX, Montesquieu observó que la concentración geográfica de la prosperidad y la pobreza y propuso una explicación para ello. Afirmó que los habitantes de los climas tropicales tendían a ser holgazanes y a no ser nada curiosos. En consecuencia, no se esforzaban en el trabajo, ni innovaban, y esa era la razón para que fuera pobres y no progresaran como los europeos o norteamericanos. El filosofo y político francés también dijo que por lo general esos países estaban gobernados por tiranos déspotas, dado que era gente holgazana. En pocas palabras la ubicación tropical no solamente podía explicar la pobreza sino también algunos fenómenos políticos asociados al fracaso económico como as dictaduras, muy extendidas por largo tiempo en América Latina y África.

La historia ha derrotado esas tesis del sigo XIX y hoy existen verdaderos casos de éxito en el mundo tropical como Malasia o Singapur. Por supuesto Montesquieu era un habitante de Mediocristán en algunos de sus postulados más estadísticos que epistemológicos, tal como lo hacen muchos de quienes depende que Colombia logre la paz. Si se siguen mirando los acuerdos, los procesos, los diálogos y los acercamientos entre el gobierno de turno y los guerrilleros como asuntos ordinarios, comunes y corrientes, nunca habrá un cisne negro que pueda prosperar en ese entorno.

El proceso de paz no es un cisne negro porque siempre advertimos su fracaso y apostamos a que no habrá posconflicto pacífico porque en sesenta años no ha pasado nada disruptivo en ese asunto. Cada gobierno arma un proceso de paz o de aniquilamiento de la guerrilla tal como hace un plan de desarrollo o una reforma tributaria y los colombianos así lo asumen en forma corriente. El proceso de paz es un hecho que se desarrolla en los terrenos de Mediocristán, pero la paz en sí misma con todas sus consecuencias sí puede ser un cisne negro que solo el paso del tiempo lo identificará.

6. Bibliografía
1.    Ocampo Gaviria, José Antonio. “Historia económica de Colombia” Editorial Planeta y Fedesarrollo. 2007. Bogotá.
2.    Caballero, Enrique. “Historia económica de Colombia” Editorial Tercera Edición. 1981. Bogotá.
3.    Taleb, Nicholas Nassim. “El Cisne Negro” Editorial Paidós. 2011. Barcelona.
4.    Robinson, James; Acemoglu, Daron. “Por qué fracasan los países. Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza”. Ediciones Deusto. 2012. Barcelona.