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Se les olvidó el origen de la Unión Europea

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Los recientes sucesos  en Grecia han llevado a una andanada de críticas contra la Unión Europea (UE). Quienes juzgan, sin mayor fundamento, olvidan el origen y el fin último de la UE. Para comprender el proyecto europeo debemos ir a marzo de 1950 y ubicarnos en los Alpes Suizos. 

Fue allí, en medio de los pintorescos paisajes de los picos de Huez, donde el Ministro francés de planeación, Jean Monnet, emprendió largas caminatas reflexivas sobre los acontecimientos políticos que estaban ocurriendo en el mundo. La Unión Soviética se encontraba en máxima tensión con Estados Unidos quien buscaba rearmar a Alemania Occidental para hacerle contrapeso. Por ende, otra gran guerra pudo haber estallado. 

Monnet buscaba respuestas sobre cómo prevenir otro conflicto con Alemania. Tras varias caminatas, concluyó que el equilibrio de poder económico y militar entre Alemania y Francia históricamente se había determinado por la producción de carbón y acero en la zona  limítrofe del Rin. 

En consecuencia, la única forma de preservar la estabilidad consistía en que ambos cedieran un poco de soberanía para crear una bolsa común de estos dos elementos garantizando equidad en su explotación.  

Esta propuesta tenía como fin perpetuar la paz en Europa y dar inicio a la Comunidad del Carbón y el Acero (Ceca). La UE de hoy se desprende de esta asociación. No es casualidad que esta idea haya originado el bloque económico más grande del mundo. Esto era lo buscado por Monnet inspirado en la teoría del neofuncionalismo. 

Bajo este antecedente, estados que actualmente busquen la integración deben comenzar por aspectos económicos sin resistencia política. Esfuerzos iniciales se traducen por sí mismos en un impulso que genera “spillovers” y mayor integración en otras áreas. Esta dinámica continúa hasta que gradualmente la integración llega a niveles avanzados. 

Por décadas esto fue lo que ocurrió con la Ceca, la cual pasó por muchas etapas hasta convertirse en la Comunidad Económica Europea. El neofuncionalimo había dado sus frutos y Europa había preservado la paz. 

Tras la caída del muro de Berlín el continente necesitaba un fuerte empujón. En esta ocasión, los protagonistas eran las cabezas de los gobiernos alemanes y franceses: Helmut Kohl y François Mitterrand, respectivamente. 

Mitterrand, fiel a su electorado, veía con cautela el proceso de integración. Kohl, por su lado, insistía en tomar acciones audaces al punto que ofreció lo más preciado de su país: el marco alemán. Ante la oportunidad de equiparar el débil Franco Francés con la fuerte moneda alemana, Mitterrand accedió aunque limitando la integración estrictamente a aspectos monetarios. Este fue el origen del tan criticado Euro.

Lo que pocos se han tomado el trabajo de estudiar es que Kohl sabía lo que hacía. Durante las negociaciones premonitoriamente manifestó: “es absurdo esperar que en el largo plazo se pueda mantener una unión económica y monetaria sin una unión política”. No obstante procedió. 

Kohl entendía lo que estaba en juego. Dar este paso significaba impulsar la integración y lograr una Europa unificada y en paz. La estrategia no era perfecta; tendría problemas pero en el largo plazo obligaría a los miembros a integrarse políticamente hasta lograr un sistema estable. 

Eso es lo que está pasando hoy. No hay retorno, por tanto, la UE no puede desintegrarse. Esto lo deben entender los detractores del modelo y proceder a proponer acciones dirigidas hacia el propósito inicial: una Europa unificada.

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