Analistas

Por confiado casi me matan

Amarrados de pies y manos, en mitad de una montaña, nos encontrábamos mi esposa y yo hacia el medio día del pasado domingo. Mientras dábamos una caminata ecológica, en la mitad de un diluvio, dos encapuchados armados con revólveres, nos sorprendieron al salir de una curva en el camino. 

Thomas Hobbes, en su magnum opus “Leviatán”, habla sobre la miserable existencia humana bajo el estado de naturaleza. Para él, sin garantías de que una agresión entre personas conlleve una consecuencia, se vive en un continuo estado de temor y la vida del hombre tiende a ser “repugnante, brutal y corta”.

Esta realidad se debe a que la naturaleza humana es tal que, de no existir un poder que nos mantenga controlados, viviremos en un bellum omnium contra omnes, es decir una guerra de todos contra todos. Es justamente bajo esta lógica que propone un soberano -el Estado- que garantice la seguridad. 

Este fue el primer requisito del estado moderno, el cual en Colombia hace años no se cumple a cabalidad; muestra de esto fue lo que me tocó vivir este fin de semana. 

Son miles de cosas las que se le pasan a uno por la cabeza cuando de repente se encuentra encañonado. Pero lo que más me daba vueltas era las muchas veces que me habían dicho que tuviera cuidado. Me había negado a encerrarme. Me había negado a permitir que unos hampones dictaminaran qué hacía o qué dejaba de hacer.

Pero mientras les entregaba lo único que llevábamos -el celular de mi esposa y mi argolla de matrimonio- pensaba en el error que había cometido. Subestimé la naturaleza humana de la que hablaba Hobbes y la inclinación por aprovecharse del más débil. 

En últimas, lo material es lo de menos; ansiaba que se lo llevaran y nos dejaran tranquilos. Pero ahí fue cuando dijeron la frase que me hizo enfriar las tripas: “ahora, caminen hacia el monte”.

Bajo esa lluvia torrencial, en medio de una montaña donde no habíamos visto a nadie más, estos encapuchados nos iban a llevar a los dos fuera del camino sin conocer su propósito. Mi esposa, valiente, sin mostrar pizca de miedo, arrancó adelante y yo la seguí a un metro de los cañones de las armas.

Después de caminar quince minutos llegó el momento más tenso. Me ordenaron acostarme sobre la tierra boca abajo para amarrarme con los cordones de los zapatos. A pesar de que en ningún momento consideré hacer algo impulsivo, el estar suelto da cierta capacidad de reacción, pero al ser amordazado para mí era claro que perdería cualquier posibilidad de accionar. Quedaríamos a total merced de ellos; si era que ya no estábamos.

No había nada que hacer. Me inmovilizaron y procedieron a hacer lo mismo con mi esposa. Dijeron que uno de ellos se iba a quedar vigilándonos mientras el otro se  llevaba nuestro carro. A pesar de esta advertencia, inmediatamente los perdimos de vista, intentamos desamarrarnos con los dientes pero fallamos. 

En un estado de supervivencia, que solo se vive en un momento de esos, mi esposa logró soltarse una mano y con la fuerza de sus dientes me desató los pies. Corrimos descalzos entre el monte para huir de los bandidos. Tras treinta minutos entre árboles, ramas, espinas y lluvia, llegamos a la carretera. 

Años después de Hobbes, Max Weber escribió que solo el estado debe tener el monopolio del uso legítimo de la fuerza física. Colombia está lejos de esto.

Nos salvamos y la lección quedó: a pesar de las mejoras en materia de orden público, vivimos en un país de violentos, manchado de sangre. Por eso, quien crea que no tiene que tomar precauciones puede llevarse una desagradable sorpresa.