Analistas

No son las Farc, es la desigualdad

Es lógico que a un país como el nuestro, que ha sufrido las acciones inhumanas de las Farc, le sea difícil pensar en otro tema tras un accidentado proceso de paz. Solo basta con ver cualquier noticiero nacional para comprender lo ‘farc-obsesionados’ que estamos. Debemos estar vigilantes en el posconflicto sin perder de vista que nuestro peor problema es la desigualdad.

Esta semana, este diario fue el único en destacar que Colombia fue el país de la región que más redujo la desigualdad, de acuerdo con cifras reveladas por el DNP. Esta declaración esconde, a simple vista, que seguimos siendo el segundo país con mayor diferencia entre ricos y pobres de la región y uno de los 20 más altos del mundo. Es decir, seguimos siendo una vergüenza.

Los colombianos debemos tomar a conciencia sobre la decisión de lograr una sociedad más justa. No obstante, existe la opción de un discurso cargado de odio, envidia y resentimiento en el que los ricos sean el “enemigo” al estilo de Chávez y Petro. El problema de este modelo es que destruye el aparato productivo y al final todos terminamos en la miseria, tal como está sucediendo en Venezuela donde 86% de la población está por debajo de la línea de pobreza y perdió 10 kilos en promedio el año pasado por falta de comida.

La otra alternativa es una sociedad en la que convivan los de arriba y los de abajo, los ricos y los pobres, los que lo tienen todo y los que no tienen nada. Pero, en vez de la división de clases, se debe buscar el empoderamiento de los sectores menos favorecidos, con una única meta: la igualdad de oportunidades.

Las naciones nórdicas, con grandes estados de bienestar bien pensados y bien estructurados, no necesitaron populistas envalentonados dispuestos a destruir un país en nombre de los menos favorecidos.

Debemos partir de la base de que la familia en la que nacimos fue escogida al azar. Por esta razón y tal como lo propone Rawls, tenemos que diseñar una sociedad en la que quisiéramos nacer otra vez con la misma probabilidad de pertenecer a la familia más pobre o más rica de allí.

Para eso necesitamos entender que aunque no haya culpables, sí hay responsables. Somos nosotros mismos quienes nos anestesiamos con esta realidad y no queremos hacer nada para cambiarla. En otras palabras, todos somos responsables; especialmente los de arriba; los de los privilegios y las oportunidades; tal vez, la gran mayoría de quienes leen este prestigioso periódico.

Reconozcamos que en muchos de nuestros logros influyó la suerte y que con la misma disciplina no hubiéramos llegado ni cerca, si nuestro hogar hubiera sido otro. Por ende, no podemos descansar hasta lograr que sea la tenacidad y la capacidad de cada quien, el factor determinante y no el sitio en el que nacimos.

Debemos promover las capacidades de las que tanto habla el Nobel Amartya Sen. Si bien, el Estado debería garantizar ingresos mínimos para una vida digna, su prioridad debería ser empoderar a los ciudadanos en los diferentes aspectos que les permita ser realmente libres de hacer su vida.

Por tanto, se requieren políticas sociales eficientes y bien direccionadas. Es claro que en Colombia el problema no es la falta de plata pues hay recursos. Lo que pasa es que se los roban, hay una alta evasión de impuestos y existe una pésima capacidad de gerencia pública. Cambiar esto depende de todos.