Analistas

La muerte del principito

La muerte es tan natural como la vida, escribió el filósofo alemán Schopenhauer. Lo contrario es desconocer la inminencia de que todos estamos destinados a una efímera existencia. A pesar de la racionalidad del argumento, la partida de quien consideraba como un amigo, la semana pasada, no la sentí “natural”.

De pronto fue lo inesperado, lo trágico, o lo joven que era. Juan Mario tenía tan solo 49 años. Yo lo conocí cuando, por iniciativa de él, se crearon los Global Shapers -grupo de jóvenes líderes- en Bogotá.

Mucho se ha escrito sobre su muerte, su brillante carrera, su cálida personalidad y su intachable rectitud. Por ende, no voy a repetir lo que se ha dicho, sino especular acerca de dos aspectos de su existencia que me parecen excepcionales: el porqué siempre llevaba un pin de El Principito en su solapa y su pasión por la política electoral “de pueblo”. 

Lo primero no lo había notado. Me enteré a través de la revista Semana. Lo segundo, lo discutí con él, pues sentía total afinidad con su pasión y encontré en él alguien con quien debatir sobre aquello que implica cambiar el sistema “desde adentro”.

¿Qué lleva a alguien a salir de Andover, Yale o Stanford y adentrarse en los pueblos más alejados del Tolima? La vocación de servicio. Y en un país desencantado con la clase política y sus motivaciones, Juan Mario era la prueba de que sí existe tal convicción.

Él era diferente. No se dedicó a la política bajo la hipnotizante vanidad que producen las luces de las cámaras desde la capital. Escogió la campaña más difícil: irse a los departamentos y hacerse elegir Senador con votos en pueblos recónditos, a donde tendría que regresar a mostrar resultados. 

Lo logró sin sacrificar sus posiciones éticas, reconociendo que medio país vive realidades políticas y sociales muy diferentes a las de Bogotá. En una derrota que se veía venir -pues las dinámicas regionales habían cambiado-, perdió su reelección después de haber sido considerado como el mejor Senador. A pesar de esto, afrontó la campaña con idealismo y, para muchos, con ingenuidad.

Son justamente estas dos características las que emanan de El Principito quien nos enseña que con los años, al “madurar”, terminamos valorando lo superficial e ignorando lo importante. 

Por ejemplo, cuando el Principito visita el planeta del hombre presumido, este le pide: “admírame que soy el más bello, mejor vestido, el más rico e inteligente de este planeta”, a lo que el Principito le responde “pero eres el único en este planeta”, y el hombre le contesta: “dame el placer, admírame de todas maneras”. ¿Cuántos no conocemos así?

En el planeta del hombre “rico”, quien todo el día cuenta estrellas pues, según él, es su “dueño”,  el Principito le pregunta: “¿qué bien te hace ser rico?”. Frente a lo cual, con una lógica risible, pero común en nuestra sociedad, él le responde: “para comprar más estrellas si alguna nueva es descubierta”. Acumular riqueza con el único propósito de acumular más riqueza, aparentemente, eso es “madurar”.

Después de ver con asombro como el poder, el dinero y la veneración es lo que la mayoría anhela, el Principito regresa a su asteroide. 

De la misma forma, Juan Mario partió el 24 de julio. Nunca vio el dibujo como un sombrero sino como una boa comiéndose un elefante. Hoy, mientras limpia sus tres volcanes -dos activos y uno inactivo- debe sentirse satisfecho de haber aplicado a su vida personal y a la política lo que el zorro le dijo al Principito: “Solo vemos claramente con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”.