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El “Brexit”: momento definitivo

Soy fanático de la Unión Europea, en especial de su proyecto político, que impulsado por medidas económicas, logró apaciguar a un continente que llevaba siglos bañado en sangre. Sin duda, este es uno de los grandes logros de la humanidad. La UE, sin pretenderlo, creó un supraestado que debería ser el ejemplo a seguir en el mundo. 

El “Brexit” acaba de poner en riesgo este sueño. El día después de ese inesperado resultado, los titulares de prensa anunciaron la caída del valor de la libra esterlina, el desplome de las bolsas del mundo, los billones de euros perdidos, entre otras consecuencias económicas. Pero poco se ha escrito sobre el trasfondo histórico de esta organización.

Como lo escribí en mi columna del año pasado, “Se les olvidó el origen de la Unión Europea”, el proyecto surgió de unas caminatas del ministro de planeación francés Jean Monnet, poco tiempo después de la Segunda Guerra Mundial. El político encontró una manera de prevenir el desbalance de poder que generaba el acero y el carbón en la región del Rin, responsable por tantos conflictos.

Tras varias reuniones en las cuales mediaron diplomáticos norteamericanos, se desarrolló la primera versión de la UE, integrada por seis países miembros y denominada como la Comunidad del Acero y el Carbón. 

La teoría funcionalista que le dio sustento pregona que a través de medidas económicas se puede generar cercanía política entre las diferentes naciones; lo cual, en últimas, debe llevar a un sentimiento de comunidad. Desafortunadamente, solo la primera mitad de la teoría sirvió.

Efectivamente, a través de los años los países del viejo continente se fueron acercando económicamente mediante zonas de libre tránsito de personas y mercancías, el euro, entre otras. Sin embargo, nunca se desarrolló realmente una identidad común. Hoy ¿cuántos residentes de ese continente se definen como “europeos” en vez de franceses o ingleses? Nadie.

Esa ha sido la gran deficiencia del proyecto y el “Brexit” es una consecuencia de esto. La razón es que el modelo actual es inestable. Una unión monetaria sin integración bancaria, fiscal y política no es viable. El motivo por el cual el continente nunca ha dado ese paso es por el nacionalismo que surge porque países ricos se sienten utilizados por los países pobres.

Como dice el economista de Harvard Ricardo Haussman, “…52% de aquellos que votaron [el referendo] prefieren un país donde a los rumanos no les permitan vivir, laborar y competir por un trabajo”. Si todos se sintieran “europeos”, esto no pasaría, tampoco existiría xenofobia hacia los inmigrantes y, posiblemente, se considerarían aspectos de un régimen fiscal común. 

Piketty, en su libro El capital en el siglo XXI, propone lo que él considera como la única manera de reducir la desigualdad: un impuesto a la riqueza de alcance global. Tiene razón pues la inequidad entre países es incluso peor frente a la que existe dentro de cada uno. Un modelo como el de la UE permitiría que algo así se logre, pero para ello deberá existir una identidad común.

El “Brexit” pasará a la historia como un momento definitivo del sueño europeo. Si la salida de Inglaterra se llegara a percibir como beneficiosa -lo cual podría pasar por ser la UE un modelo inestable actualmente-, se generaría una ola de referendos revocatorios en el resto del continente. Por el contrario, si se viera negativamente, esto podría hacer que uno de los grandes avances políticos de la historia salga fortalecido. Amanecerá y veremos.