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Einstein, Dios y la mula cerrera

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Hace algunos días se celebró el centenario de la publicación de la teoría de la relatividad. En los artículos escritos en homenaje a Einstein brillaron por su ausencia los comentarios sobre cómo su visión de Dios influyó en su entendimiento sobre la física y el universo. Para mí, este es uno de los capítulos más interesantes de su vida.

Einstein no era ateo. Él apropió la idea de un Dios amorfo reflejado en la belleza, la racionalidad y la unidad de las leyes naturales, del gran filósofo Baruch de Spinoza para quien, según su creencia panteísta, universo, naturaleza y Dios son lo mismo. El físico no creía en un Dios personal que premiara o castigara a sus criaturas y que interviniera en lo cotidiano. Para él, Dios era algo sutil, intangible e inexplicable que estaría detrás de las reglas del universo.

Para ilustrar su idea, Einstein explicó: “Estamos en la posición de un niño, entrando en una enorme biblioteca cuyas paredes están cubiertas hasta el techo de libros en muchos idiomas diferentes. El niño sabe que alguien debió haber escrito esos libros. No sabe quién ni cómo”. Es decir, alguien o algo había creado las leyes universales, sobre las cuales, una vez establecidas, nadie intervenía. 

De ahí se deriva su pensamiento más importante que es el determinismo: todo sucede por causalidad y no por casualidad o azar. Su inamovible convicción llegó a tal punto que una vez le dijo a su amigo Hoffman: “Cuando estoy evaluando una teoría me pregunto ¿si yo fuera Dios hubiese organizado el mundo de esa manera?”.

Lo anterior, lo llevó a negar la contundente evidencia que existía sobre la mecánica cuántica, especialmente sobre el principio de incertidumbre, formulado por Heisenberg, bajo el cual, tal como lo explica el reconocido profesor de Oxford Stephen Hawking, “no es posible medir la posición y la velocidad de una partícula de manera exacta. La razón es que para saber dónde está una partícula se requiere por lo menos un quántum y este “paquete” de luz, al ser utilizado para medir, altera la partícula cambiando su velocidad de una manera imposible de predecir”.

Al existir partículas subatómicas cuyos movimientos no se pueden prever con exactitud, se derrumba la base del determinismo. Si Einstein aceptaba esto, también debía aceptar que no existe total causalidad, lo cual implicaba modificar su entendimiento sobre Dios -que en ciertas ocasiones, sí juega a los dados-. 

En una carta enviada al físico Max Born dijo: “La mecánica cuántica es realmente imponente pero una voz interior me dice que no es todavía la verdad definitiva. La teoría dice mucho pero no nos acerca a los secretos del “viejo”. Yo, por lo menos, estoy convencido de que Él no juega dados”.

Eventualmente y ante la irrefutable evidencia, Einstein admitió que tal vez no fuera errónea la teoría, pero que hacía falta una “variable escondida”. Por ello, se dedicó a encontrar una teoría unificada que integrara electricidad, magnetismo, gravedad y mecánica cuántica, de manera que su entendimiento sobre Dios se mantuviera intacto. Murió sin lograrlo. Hoy la mecánica cuántica es reconocida como irrefutable.

El científico más brillante del siglo XX cayó en la trampa de dejar que sus convicciones impidieran reconocer realidades evidentes. Perdió muchos años tratando de acomodar la física a su forma de entender a Dios. Como una mula cerrera, su terquedad le impidió adaptar su pensamiento a nueva información. A pesar de haber desarrollado la teoría de la relatividad antes de cumplir 30 años, nunca sabremos qué tanto más hubiese podido descubrir este genio en la segunda mitad de su vida.

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