Analistas

Diplomacia bananera

El reciente nombramiento del cónsul en San Francisco explica por qué somos y seguiremos siendo un país subdesarrollado con un servicio diplomático risible. No pretendo atacar al presentador quien está en todo su derecho de aceptar un ofrecimiento hecho por la cancillería. Mi intención es hacer una simple reflexión después de haber leído The Wise Men escrito por Walter Isaacson -el mismo que escribió la biografía de Steve Jobs-. 

En este libro, cuenta la historia de seis individuos que, desde diferentes posiciones dentro del servicio diplomático americano, moldearon la política exterior desde los años treinta hasta los setenta. Esta época marcó el gran avance en la diplomacia americana que tras la caída del muro de Berlín, le permitió posicionarse. Esto no fue coincidencia. La combinación de un modelo económico arrasador con una política exterior producto de las mentes más brillantes de esa generación fue la mezcla perfecta. Pensaron en grande.

No siempre fue así. Estados Unidos también padeció el clientelismo en su servicio diplomático. En el siglo XIX, tal como lo relata el mencionado libro, “el cuerpo diplomático estaba dominado por personas que les parecía agradable irse a las cortes reales del viejo mundo… Los nombrados eran escogidos por sus conexiones familiares y habilidad en la cancha de polo”. 

Además, el libro cuenta que en 1924 el “Decreto de Rogers” unificó el servicio diplomático y consular, ordenó salarios moderados e institucionalizó exámenes estandarizados para el ingreso a la carrera.

Actualmente, quienes manejan la política exterior americana son personas que se han preparado académicamente por muchos años en carreras relacionadas con el servicio diplomático. Lo han hecho en las mejores universidades, han pasado pruebas que miden su conocimiento y capacidades, y han ido ascendiendo hasta llegar a los cargos más altos. En Colombia no es así.

Con contadas excepciones, el servicio diplomático es una red de favores y clientelismo. La mayoría no son capaces de discutir sobre derechos humanos, geopolítica, derecho internacional e instituciones multilaterales o diferenciar entre los pensadores realistas vs. los idealistas. El señor Calero, basado en su hoja de vida, entraría a hacer parte de este vergonzoso grupo. En nuestro país tenemos el imaginario de que los grandes logros de un diplomático son establecer relaciones sociales, y asistir a comidas y fiestas. 

Recuerdo un artículo de hace un par de años en el que José Gabriel, nuestro excónsul en México, contaba con orgullo desbordado que su mejor trabajo había sido darle una corbata a Carlos Slim a quien consideraba su amigo. ¿Se habrá visto algo que personifique mejor lo que podríamos denominar “diplomacia bananera”?

Ahora la Cancillería defiende el nombramiento de Carlos Calero -no por su experiencia- sino en razón a que estos puestos “requieren funcionarios con don de gentes, que se entreguen a las personas a través de un acercamiento permanente”. ¿Será suficiente el carisma?

Irónicamente, hace unos años la canciller renunció a una embajada con el argumento de que quienes allí laboraban no tenían las cualidades profesionales y habían sido nombrados por otras razones.

Este episodio retrata el servicio diplomático Colombiano. A la cancillería le serviría leer el mencionado libro de cómo las mentes más brillantes y preparadas posicionaron a Estados Unidos como una superpotencia. Por ahora, que sepan en San Francisco que nuestro representante poco sabe de temas relacionados con el trabajo que le espera, pero, eso sí, que es muy simpático.