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Anfitrión de los Olímpicos: un pésimo negocio

En 1976 a nuestro país le fue ofrecida la sede del mundial de fútbol pero el presidente Betancur rechazó la oferta. En una alocución dijo: “No se cumplió la regla de oro según la cual el mundial debía servir a Colombia, y no Colombia a la multinacional del mundial”. Hoy, esta decisión parece acertada.

Existen países que gastan mucho dinero para ser anfitriones de este tipo de eventos, pero las recientes críticas por parte de los brasileños ponen en duda sus beneficios. Es por eso que la postulación de ciudades ha disminuido recientemente. Para los juegos de 2004 se presentaron 12; para los de 2020 unos 5; y para los de invierno de 2022, solo 2. Ya antes había existido desinterés. A finales de los setenta ninguna ciudad quería ser anfitrión de los Juegos de 1984, después de que Montreal gastara cuatro veces más de lo estimado. Los Ángeles accedió, tras una negociación en la cual dijo que no gastaría recursos públicos ni construiría infraestructura. El evento fue un éxito y disparó el interés mundial.

Durante la puja por los próximos Olímpicos, Madrid, Tokio y Estambul contaron con apoyo popular de 76%, 70% y 83%, respectivamente. En cambio, en Brasil, solo 34% de los habitantes consideraba que la inversión iba a generar desarrollo. Poco a poco, las personas se están dando cuenta que es un lujo más que una buena inversión. Según Zimbalist, autor del libro Circus Maximus, entre derechos televisivos, venta de boletería, licenciamiento y patrocinios, los juegos generan entre U$3,5 y U$4,4 billones versus un costo estimado entre U$15 y U$20 billones, con un claro déficit de U$10 billones.

Las ciudades sedes solo reciben 30% de los derechos de televisión, mientras que el Comité Olímpico se queda con 70% que en décadas pasadas era solo de 4%. 

El argumento más común es la construcción de infraestructuras que se mantienen después del evento, aunque muchas se convierten en elefantes blancos. La Arena Amazonia en Manaos costó U$300 millones y hoy el equipo local no logra más de 2.000 aficionados por partido.

A pesar de que el gobierno brasileño aseguró que se construirían aeropuertos, avenidas y un metro, en el mundial se invirtieron U$3,6 billones en estadios, los cuales nunca se llenan. Atlanta, Francia y Alemania gozaron de tasas más altas de uso de los nuevos escenarios una vez concluido el certamen, e invirtieron menos, pues contaban con una buena infraestructura. 

Se ha dicho que estos incrementan el turismo, el comercio y mejoran la imagen del anfitrión. En cuanto a lo primero, la Asociación Brasileña de Aerolíneas reportó una baja entre 11% y 15% del tráfico aéreo en el mes del mundial. En Londres, durante sus Olímpicos, el Museo Británico recibió 137.000 visitantes menos que el año anterior.

Respecto al comercio, según un estudio de la Universidad de California, sí se incrementa, pero también eso ocurre en aquellos que participaron en la puja y no ganaron. 

La mejoría en la imagen es un mito. Un estudio midió la percepción de la ciudad de Sídney, en personas de cuatro países de diferentes continentes y encontró que en tres de estas no cambió la imagen y en una empeoró por la forma como trataron a los aborígenes. 

En su momento, la Fifa le exigió a Colombia la construcción de estadios. Hubiéramos quedado arruinados y corrido el riesgo de algún acto terrorista. El rechazo fue una decisión acertada.

En países desarrollados, en contadas ocasiones, este tipo de competencias tiene mayores beneficios que costos. Por el contrario, para los países en vía de desarrollo, como Brasil o Colombia, es un pésimo negocio.