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Analistas 08/04/2026

¿Y la foto de la bandera?

Felipe Jaramillo Vélez
PhD Filosofía
Felipe Jaramillo Vélez PhD Filosofía

Cualquiera que haya cruzado el Atlántico sabe que volver de París sin una foto de la Torre Eiffel es, para efectos prácticos, como no haber ido. Es el trofeo visual, el anclaje de la memoria que le dice al mundo: “estuve ahí”. Por eso, resulta casi una paradoja que, estando ahora tan cerca de la Luna con la misión Artemis II, no hayamos visto aún ese registro que muchos -quizás con una terquedad romántica o un escepticismo de hierro- reclaman: la foto de la bandera. Hubiese sido el gesto definitivo para silenciar a los incrédulos, una prueba irrefutable de que el rastro de Armstrong y Aldrin no es un mito de estudio de televisión, sino un hito de nuestra especie.

Pero entiendo que este reclamo es, en el fondo, una vanidad de turistas espaciales. Lo que realmente amerita una pausa es reflexionar sobre nuestras prioridades. Mientras los motores de la Nasa impulsan la nave buscando conquistar nuevamente el vacío, aquí abajo, en el barro de lo cotidiano, las necesidades insatisfechas siguen gritando. Es difícil explicarle a pueblos enteros que no tienen agua potable, o a un niño sin escuela en las periferias del mundo, que nuestro éxito como civilización depende de volver a pisar un desierto a 384.400 kilómetros de distancia de la Tierra.

Las cifras, frías y contundentes, nos obligan a aterrizar. La misión Artemis II, que llevará tripulación a orbitar nuestro satélite, tiene un costo estimado que ronda los US$4.000 millones por lanzamiento. Si ampliamos la lente, el presupuesto total de la Nasa para el año fiscal 2025 supera los US$25.000 millones, una billetera abierta que parece no tener fondo cuando se trata de financiar la nostalgia de la gloria espacial.

Esta danza de millones ha cobrado una urgencia casi febril bajo la narrativa de la Casa Blanca. Donald Trump ha sido enfático en su retórica de grandeza, presionando para que el hombre vuelva a pisar la superficie lunar antes de que expire su mandato. No se trata solo de ciencia, sino de un calendario político que busca capturar la imagen histórica de la bota estadounidense sobre el polvo lunar como un sello de su legado. Es la prisa del poder por asegurar un podio antes de que se cierre el telón de su administración.

Al final, queda una advertencia incómoda pero necesaria: la carrera espacial moderna no es, en su raíz más profunda, una búsqueda puramente científica o un afán de conocimiento desinteresado. Es, más bien, un pulso de egos. Es la necesidad de las potencias de medir sus músculos tecnológicos para decir quién manda en el tablero global. Bajo el disfraz del progreso, lo que late es la vieja costumbre humana de marcar territorio, recordándonos que, aunque miremos a las estrellas, seguimos cargando con la pequeñez de querer ser los más poderosos del barrio, incluso si ese barrio ahora incluye el cosmos.
Tal vez, de tanto ondear, la bandera terminó por soltarse y hoy deambula como un trapo huérfano por el extenso cosmos.

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