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Analistas 26/03/2026

Respetemos a la educación

Felipe Jaramillo Vélez
PhD Filosofía
Felipe Jaramillo Vélez PhD Filosofía
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La educación, esa palabra que hemos desgastado de tanto usarla mal, va mucho más allá de las cuatro paredes de un aula, de los manuales de urbanidad empolvados o de esas construcciones éticas que cada pueblo moldea a su antojo. En su estado más puro, la educación no es algo que se tiene, sino una forma de existir en el mundo. Es el reflejo inmediato de lo que hemos decidido apropiar -para bien o para mal- y convertir en nuestra piel; es la manera en que mis gestos, mis silencios y mis reacciones se entrelazan con el entorno. Uno no “está” educado; uno “es” su educación en la medida en que respeta el espacio del otro, entiende el valor de lo común y habita la realidad con una sensibilidad que ningún diploma puede certificar.

Hoy, sin embargo, nos urge trazar una línea divisoria entre ese arte de ser humano y lo que el sistema ha decidido llamar “formación para el trabajo”. No nos llamemos a engaños: lo que ocurre en gran parte de nuestras instituciones no es el cultivo del pensamiento, sino un entrenamiento técnico de alto nivel. Estamos graduando operarios de IA, expertos en logística y estrategas de mercado que, al salir a la calle, son incapaces de ceder el paso, de reconocer la humanidad en el vigilante o de cuestionar la ética de sus propias funciones.

La diferencia es abismal. La formación para el trabajo busca la eficiencia; la educación busca la conciencia. Mientras que la primera nos enseña a “hacer” para que el engranaje económico no se detenga, la segunda nos enseña a “ser” para que la sociedad no se desmorone. Un profesional exitoso puede ser un analfabeto emocional y un ciudadano nefasto. Por el contrario, alguien con un oficio sencillo puede poseer una educación magistral en el trato, la palabra y la honestidad.

No está mal aprender a trabajar -de algo hay que vivir-, pero es peligroso creer que un título suple la carencia de humanidad. Colombia está llena de gente “formada” que no sabe convivir. Si seguimos confundiendo la productividad con la educación, seguiremos siendo una suma de individuos eficientes en el trabajo, pero profundamente mediocres en el arte de ser comunidad.

En estos tiempos de frenesí, donde la eficiencia parece ser la única medida del éxito y la premisa es producir para consumir, nos hemos vuelto expertos en maquillar carencias. Ya es hora de dejar de disfrazar de “educación” lo que, en el fondo, es apenas una herramienta de subsistencia. Llamemos las cosas por su nombre: la verdadera educación se está convirtiendo en un privilegio de pocos, un lujo reservado para quienes tienen el tiempo y el sosiego de adquirir conciencia sobre sus propias vidas. Lo demás, admitámoslo sin cinismo, es pura inercia y necesidad de supervivencia. Si no empezamos por respetar la palabra, si seguimos utilizando la educación como un simple adorno para justificar la utilidad económica, terminaremos por perder lo único que realmente nos sostiene: nuestra capacidad de ser más que un engranaje en una máquina.

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