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Analistas 27/07/2026

El mundial de los tokens

Felipe Jaramillo Vélez
PhD Filosofía
Felipe Jaramillo Vélez PhD Filosofía

El Mundial de fútbol que acaba de terminar no solo deja a los españoles como rotundo ganadores, y detrás de ellos, una larga lista de selecciones con expectativas no cumplidas; también deja tras de sí una serie de costos invisibles para el planeta. Son cifras perfectamente cuantificables, pero que tanto organizadores como sponsors prefieren evadir; después de todo, si el público se hiciera consciente de ellas, el espectáculo perdería de inmediato su esplendor. Pero, ¿qué más da? El show debe continuar, la gente necesita diversión y las multinacionales, facturar. Sin embargo, en esta era digital, la verdadera huella de carbono ya no solo se mide en el número de vuelos de los hinchas o en las luces de los estadios, sino en algo mucho más sutil y omnipresente: los miles de millones de tokens procesados por inteligencia artificial para alimentar la maquinaria incesante de memes y videos de entretenimiento.

Para dimensionar este fenómeno, hay que entender que cada vez que una inteligencia artificial “piensa” para crear contenido, procesa tokens: la unidad básica de información (equivalente a una sílaba o cuatro caracteres) que el algoritmo traduce en píxeles. El gasto energético de procesar estos tokens es tan alto que generar una sola imagen consume tanta electricidad como cargar la batería de un teléfono inteligente por completo. En la euforia del Mundial, nadie se conforma con el primer intento; si calculamos un ejercicio básico donde 100.000 creadores de contenido diseñan un meme y realizan 5 descartes buscando el resultado perfecto, el sistema ejecuta 500.000 intentos. Cada comando activa granjas de servidores sedientas de recursos que operan día y noche. Esa ráfaga de creatividad digital para un solo chiste viral no solo evapora más de 10.000 litros de agua potable para enfriar los sobrecalentados servidores, sino que además consume la misma electricidad que un hogar promedio durante casi dos años, o lo equivalente a mantener encendidos dos millones de bombillos LED al mismo tiempo.

Al final, el balance de un espectáculo de esta magnitud nos obliga a cuestionar qué es realmente lo que se gana y lo que se pierde. Cambiamos estabilidad climática y recursos vitales por un entretenimiento digital efímero: un video que nos hace reír durante cinco segundos en TikTok y que mañana quedará sepultado en el olvido. Ante este panorama, cabe preguntarse si los creadores de contenido, en su búsqueda insaciable de clics y dopamina digital, no se están convirtiendo en los nuevos depredadores del planeta; una nueva fuerza silenciosa que ya compite en impacto ambiental con la tala de árboles o la explotación indiscriminada de minerales para alimentar las computadoras corporativas de gigantes tecnológicos indiferentes. La conciencia digital está en deuda y los riesgos ambientales acechan desde la nube. Pero mientras tanto, en un mundo hiperconectado y anestesiado por el algoritmo, el planeta herido solo espera en silencio y con paciencia a que pasen cuatro años, la música vuelva a sonar y la pelota comience a rodar otra vez y con ella un nuevo mundial de tokens.

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