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Analistas 23/04/2026

100% escrito por un humano

Felipe Jaramillo Vélez
PhD Filosofía
Felipe Jaramillo Vélez PhD Filosofía

Hace apenas un par de años, la inteligencia artificial generativa prometió democratizar la escritura, pero, en el proceso, parece haber instaurado una dictadura de la forma sobre el fondo. Los textos actuales han mutado hacia una pulcritud aséptica, sacrificando ese “algo” vibrante que nos hacía potentemente humanos.

En el afán de lograr una redacción impecable, hemos permitido que desaparezcan el refrán oportuno o esa riqueza del parlache o el lunfardo que le otorgaba identidad y territorio a nuestras ideas. La IA ha llegado para redactar textos “perfectos”, pero en esa perfección algorítmica se ha extraviado la aspereza, el giro inesperado y la imperfección deliberada que permitía reconocer la voz de un autor entre la multitud.

Esta búsqueda de la perfección técnica no solo ha uniformado el discurso, sino que ha institucionalizado una nueva forma de simulación: el plagio intelectual de la originalidad. Al delegar el pensamiento a la máquina, la propuesta propia se desvanece y es reemplazada por una estructura vacía que muchos intentan validar a través de la trampa. Lo paradójico es que esta crisis de autenticidad ha engendrado un mercado tan lucrativo como cínico: el de los detectores y “humanizadores” de contenido.

Por unos cuantos dólares, estas herramientas prometen procesar el texto algorítmico para devolverle, artificialmente, la imperfección necesaria que lo haga indetectable ante los filtros de integridad. Estamos ante un escenario en el que la humanidad ya no se cultiva, sino que se compra en cómodas cuotas mensuales para encubrir una falta de profundidad que, aunque sea imperceptible para el software, termina siendo evidente para un lector que busca algo más que datos correctamente articulados.

Esta supuesta “perfección” es solo cosmética: una estructura impecable de sujeto, verbo y predicado que suele ocultar un vacío conceptual. El riesgo reside en confundir la fluidez sintáctica con la veracidad, pues, tras esa prosa pulida y esos puntos seguidos colocados con precisión matemática, el fondo puede estar plagado de “alucinaciones” algorítmicas. Al alimentarse de redes neuronales que procesan volúmenes masivos de datos -muchas veces contradictorios o incorrectos-, la IA es capaz de articular, con absoluta seguridad, interpretaciones erróneas o datos inexistentes.

En el mundo de los negocios y la academia, donde una cifra o una premisa falsa pueden desplomar una estrategia, la IA se comporta como un sofista moderno: un experto en la forma que carece de compromiso con la verdad. Lo que leemos no es pensamiento; es una proyección estadística de lo que la máquina cree que debería seguir a la palabra anterior.

La verdadera ironía radica en la obsesión por la validación técnica. Que una máquina declare un texto “100% escrito por un humano” no garantiza que estemos ante una idea con propósito. En el afán de emular la eficacia del algoritmo, corremos el riesgo de producir una seguidilla de palabras que, como muchas veces sucede en la vida, están ahí, ocupando un espacio, pero cuyo constructo interno permanece vacío. La autenticidad no se agota en la ausencia de código; se demuestra en la capacidad de decir algo que la estadística jamás podría predecir.

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