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ANALISTAS 30/04/2026

¡“Se regó” la Coca-Cola!

Federico Hederich
AI Strategy & Adoption Advisor

Escena común: alguien abre una herramienta de IA, escribe una pregunta vaga, recibe una respuesta mediocre y concluye, la “IA no sirve”. Minutos después, otra persona le pide al mismo modelo un análisis mejor planteado, con contexto, restricciones y objetivo de negocio, y recibe una respuesta útil. No brillante. Útil. Que ya es bastante.

La diferencia no fue la máquina. Fue la pregunta.

Mientras tanto, seguimos hablando de IA como si fuera una entidad autónoma, casi con voluntad propia. “La IA dijo”. “La IA se equivocó”. Como si al otro lado hubiera un gerente tomando decisiones en una oficina sin ventanas.

Esa forma de hablar no es inocente. Permite trasladar responsabilidad. Si el proyecto fracasó, fue culpa del algoritmo. Cómodo. Y peligroso.

La IAGen no responde en el vacío. Responde a una instrucción precisa. No piensa como un humano, ni opera como una tostadora. Su resultado depende brutalmente de la calidad de la pregunta. Y ahí aparece el problema: se quiere automatizar respuestas sin haber aprendido a formular preguntas.

El acceso no es el cuello de botella. Es el criterio: la herramienta está disponible, pero el criterio sigue siendo escaso.

Por eso incomoda tanto la frase “la IA reemplazará a las personas”. Es una frase útil para titulares, pero pobre para dirigir empresas. La pregunta es: ¿qué tipo de personas serán reemplazadas por organizaciones que sí aprendieron a preguntar, interpretar y gobernar sistemas de IA?

No todas las preguntas son iguales. No es lo mismo “hazme una estrategia comercial” que: “actúa como un consultor B2B para una empresa de servicios tecnológicos, con ventas consultivas, ciclo comercial de seis meses, baja tasa de conversión en PymesS y presión por crecer 20% sin aumentar el equipo; dame tres hipótesis, riesgos y primeras acciones medibles”. La primera petición produce carreta. La segunda puede abrir una conversación estratégica. (úsela como ejercicio, y compare resultados).

La IA no elimina la responsabilidad directiva. La expone.

Durante años muchos ejecutivos delegaron la claridad: al consultor, al área de comunicaciones, al equipo de tecnología, al practicante que “sabe de redes”. Ahora quieren delegársela a la IA. Pero esta no corrige una empresa que no sabe qué quiere, qué problema resuelve, qué datos tiene, qué cliente atiende o qué no está dispuesta a hacer. Al contrario: amplifica esa confusión con una redacción impecable.

Y eso es lo más peligroso. Antes la falta de pensamiento se notaba. Hoy puede venir bien escrita.

En comunicaciones, el problema se vuelve más visible. Es responsable una organización que confundió eficiencia con desinterés. Automatizó el mensaje antes de entender la relación.

La pregunta no es si usar IA para comunicarnos. Claro que sí. La pregunta es ¿quién diseña la conversación?

Tratar a la IA como autónoma nos sirve para no mirar el problema de fondo: que preguntar bien no es un truco de prompts. Es entender el negocio, reconocer las restricciones, anticipar consecuencias, leer al cliente, distinguir una respuesta elegante de una respuesta verdadera.

La IA no “dijo” nada sola.

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