MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
El aprendizaje también se entrena. Empieza el lunes, cuando alguien vuelve a pasar lista.
Un mes después del 10 de agosto, Unicef pidió lo más simple y lo más difícil: que los niños vuelvan a un lugar seguro para aprender, jugar y crecer. Más de 4.268 sedes educativas resultaron afectadas. Cerca de medio millón de niñas, niños y adolescentes vieron interrumpido el año. Hay aulas temporales, materiales, acompañamiento socioemocional. Falta lo que ninguna carpa reemplaza del todo: la rutina de las 7:00 a.m., el salón, el compañero, el profesor que llama lista.
Este sábado la tierra volvió a moverse en Istmina. Se sintió en Cali, Pereira, Armenia. Quien vivió el 7,4 no necesita un boletín para entender qué hace el cuerpo cuando el piso duda otra vez. Por eso el regreso al aula no es un trámite administrativo. Es salud mental. Es protección. Es la señal de que la vida común puede recomenzar.
Lo sé por oficio. El colegio -como la cancha- es una de las pocas instituciones que todavía convoca sin amenazar. Da hora, norma y alguien que espera. Cuando se cae el techo, no solo se pierde un edificio: se pierde el lugar donde el niño deja de ser damnificado y vuelve a ser estudiante. En la emergencia, esa diferencia no es semántica. Es terapéutica.
«Un Centro Digital en la escuela no es lo mismo que internet en el hogar damnificado.»
La conectividad no está apagada en todo el mapa. En Cali, Armenia y varias cabeceras el servicio educativo ya se reanudó, con presencialidad, alternancia o remoto. Se reforzó el internet de cientos de Centros Digitales en Chocó, Quindío, Risaralda y Valle. Hay kits satelitales y docentes que sostienen la clase con lo que tienen. Eso hay que decirlo.
También hay que decir lo otro: la red llega de forma desigual. En muchas veredas el niño no estudia en su casa: se va donde hay señal, comparte un aparato y espera a que no se vaya la luz. Un Centro Digital en la escuela no es lo mismo que internet, dispositivo y energía en el hogar damnificado.
Esa distancia -entre la cabecera conectada y la vereda a medias- es la brecha rural de siempre. El sismo no la inventó. La volvió inaplazable. Si reconstruimos solo el muro y dejamos el cable para después, volveremos a descubrir, en el próximo invierno o en la próxima réplica, que el aula se cae dos veces: una de concreto y otra de aislamiento.
La virtualidad no reemplaza el salón.
El salón enseña el cuerpo, el juego, la pelea chiquita, el almuerzo compartido. Pero en un país sísmico la red sí puede ser el plan B que sostiene el vínculo mientras el aula física se repara.
Para que eso ocurra no basta un piloto ni una tablet en la foto. Hace falta lo que la emergencia ahora justifica con claridad: fibra o satélite en la sede rural, datos en la casa, un dispositivo por estudiante, energía estable y un maestro formado para la clase híbrida.
La buena noticia es que no partimos de cero. Hay centros que ya subieron de velocidad. Hay empresas dispuestas a prestar capacidad. Hay juntas de internet comunitarias. Hay aulas temporales de Unicef y modalidades flexibles. Esta es la hora de convertir esos parches de dos meses en política de diez años.
La reconstrucción de escuelas puede llevar el aula y, en el mismo contrato, la conectividad. Sería más barato hacerlo ahora, con maquinaria, voluntad y foco, que volver a discutirlo en el siguiente desastre.
El regreso a las aulas es una tarea de todos. Familias que se animan a mandar al hijo aunque el recuerdo tiemble. Alcaldes que habilitan espacios seguros. Operadores que llevan la red hasta la última vereda. Universidades que prestan tutores. Clubes y entrenadores que abren la cancha a las cuatro, porque el cuerpo también reconstruye.
Un niño sin clase dos meses no “pierde temas”. Pierde el hilo de sí mismo. Recupera el aula y recupera nombre, horario, futuro. Cierra la brecha rural y gana, además, un país que no se parte en dos cada vez que tiembla el piso: el que tiene señal y el que espera. Esa es la oportunidad. Esta. No la siguiente.
En su libro Tu cerebro necesita amigos, el neurocientífico Ben Rein explora cómo la conexión humana moldea nuestro cerebro y por qué los vínculos sociales son mucho más que una necesidad emocional
Si tuviera que dejar una reflexión después de este recorrido sería que hacer carrera no consiste simplemente en permanecer muchos años en un lugar. Consiste en no dejar nunca de aprender mientras se está allí
El 11 de septiembre la cultura del odio y de la represión quiso acabar con la libertad de Occidente. Pero lo que lograron esos asesinos fue volvernos aún más fuertes. #NeverForget