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Tragedia griega, todos pierden

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En las columnas del 10 y 24 de febrero, nos referíamos a Grecia y a la baladronada europea, haciendo énfasis en la forma en que cerró el primer pulso entre el gobierno de Alexis Tsipras, que presentaba sus reformas, y “las instituciones” europeas que las aprobarían. Inferíamos que los eurócratas entendían que no podían seguir desconociendo a unas sociedades que se revelan -con mandatos democráticos- a una excesiva disciplina fiscal y a políticas extremas de austeridad, pues el contagio no se evitaría si les va mal a los que promueven el cambio sino que, por el contrario, la inmovilidad seguiría estimulando los radicalismos. 

Ese pulso diplomático inicial representó un sinnúmero de piezas teatrales, donde el baladrón era la Unión Europea y Grecia -asumiendo su responsabilidad- presentaba alternativas menos extremas. Sin embargo, el acuerdo definitivo no llegó, primero, porque el Eurogrupo, que trabaja en la reducción de la deuda pública y privada como barrera para el crecimiento económico y la estabilidad financiera, no fanfarroneaba -en especial el ministro alemán de finanzas, Wolfgang Schäuble- no quería sentar precedentes contrarios a las imposiciones que asumieron España, Irlanda y Portugal y que, tal vez, asuma Italia. En segundo lugar, por que Tsipras estiró tanto la negociación, que perdió la oportunidad que le brindaba la legitimidad de su elección para renegociar condiciones, y pese a que con el referendum intentó recuperarla, era tarde, y terminó aceptando un acuerdo en extremis a vísperas de la quiebra efectiva. 

De esta manera, se mantiene la troika (UE, BCE y FMI) y el gobierno griego acepta las condiciones de los acreedores a cambio de una nueva ayuda que ascenderá a €50.000 millones  repartidos en tres años y, entre otras medidas, deberá crear un fondo por el mismo valor que se conformará con sus activos privatizables, endurecerá el IVA, las pensiones y las normas laborales. 

Grecia que nos aportó la filosofía, la democracia y la tragedia como género teatral, parece estar condenada a esta. Desde entonces ha padecido guerras externas e internas, ocupaciones, tiranías, segregaciones y en los últimos 40 años, gobiernos que convivieron con el capitalismo, el estatismo y la corrupción, mientras brindaban exoneraciones fiscales a sectores privilegiados.

El FMI, Europa y los gobiernos griegos siempre han sabido que Grecia no estaba en condiciones de pagar su desproporcionada deuda. Se trataba de un juego político, en el que, por un lado, se exigía disciplina fiscal y ortodoxia económica y, por el otro, que los acreedores aminoren los créditos o aplacen el cobro, no obstante, el tiempo transcurría, los plazos se vencían y las posiciones se radicalizaban. 

Todos pierden: Grecia sometida a una disciplina y austeridad excesiva, Tsipras, por ostentar de valiente, terminó de cobarde y ahora dependerá de sus opositores para continuar en el poder; Syriza dividida; la Unión Europea y su inamovilidad, seguirá estimulando a los ciudadanos para que se refugien en el nacionalismo reaccionario de derecha e izquierda que la culpa de todos sus males y, finalmente, pierde también la democracia, legado griego y principio de la Unión Europea que, pese a que la exige a propios y extraños, parece que ya no se trata del predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado, sino que la intervención del pueblo en el gobierno puede ser condicionada por la multilateralidad económica que nos rige.
 

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