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¿Poder sin contrapesos?

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Resulta paradójico que 300 años después tengamos que volver a la obra de Montesquieu (1748), que marcó un hito en la ilustración europea. Nos referimos a De l’Esprit des lois (El espíritu de las leyes), que delineó el pensamiento político de los siglos XVIII y XIX. En sus 31 libros, hace asociaciones de los principios de gobernabilidad y las constituciones de los países con las causas físicas, morales, económicas y geográficas que influyeron en la creación y evolución de las leyes, dándoles una concepción más concreta, que permitió explicar la tipología de los órdenes políticos (despótico, monárquico y republicano).

Con fundamento en el modelo anglosajón de separación de poderes, entiende la monarquía constitucional como el mejor sistema para luchar contra el despotismo ilustrado. De ahí la necesidad de tener divididos los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, en una relación de equilibrio: “Cuando los poderes legislativo y ejecutivo se hallan reunidos en una misma persona o corporación, entonces no hay libertad, porque es de temer que el monarca o el senado hagan leyes tiránicas para ejecutarlas del mismo modo. Así sucede también cuando el poder judicial no está separado del poder legislativo y del ejecutivo. Estando unido al primero, el imperio sobre la vida y la libertad de los ciudadanos sería arbitrario, por ser uno mismo el juez y el legislador y, estando unido al segundo, sería tiránico, por cuanto gozaría el juez de la fuerza misma que un agresor”.

Pesos y contrapesos que estructuraron el orden político de EE.UU. y que, en un contrasentido histórico, hoy son relativizados por su Presidente, que pasa por encima del poder fiscalizador de la Cámara de Representantes, sitúa en puestos claves del poder judicial a jueces conservadores que respaldan sus intereses presentes y futuros, y no cree en la autonomía de la Reserva Federal. En palabras de Noam Chomsky, es reducir el Estado a su mínima expresión.

El 18 de octubre de 2018 nos referíamos a que esto no es casual ni aislado, detrás hay una estrategia global de una ultraderecha ultraliberal, que en Europa viene agrupando el que fuera estratega y cerebro de la campaña del actual inquilino de la Casa Blanca, Stephen K. Bannon, que a través de “El Movimiento”, con sede en Bruselas, quiere rehacer Europa, uniendo a los populistas de derecha con el fin expreso de tumbar la Unión Europea (UE).

Esto es lo que se jugaba la UE en las elecciones de su Parlamento, donde ultraderechistas y eurófobos aspiraban a controlarlo, y pese a que ganaron en plazas relevantes como Bélgica, Francia, Italia, Reino Unido y Polonia, el repunte de liberales y verdes, no lo permitió. Así, conservadores y socialistas seguirán siendo la primera y segunda fuerza del Parlamento de la UE -por primera vez luego de 40 años-, sin mayoría absoluta, y necesitando de liberales y verdes para contener la amenaza.

Montesquieu estaría horrorizado con los déspotas poco ilustrados de esta era, que quieren administrar todos los poderes, en sus palabras “todo se perdería enteramente”.

Por cierto, será casual que, en Colombia, desde el ejecutivo se resistan al contrapeso del legislativo, discutan y objeten las decisiones de las altas Cortes, ataquen las opiniones del gerente general del Banco Emisor y llamen a los funcionarios de Naciones Unidas irresponsables e ignorantes.

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