Analistas

Ni integración ni elecciones

El presidente ucraniano Viktor Yanukóvich, consciente de la necesidad del apoyo de Vladimir Putin para su reelección, pretende que Rusia acepte reducir el volumen y precio de gas contratado y sopesa la exigencia de Moscú de incorporar a Ucrania a la Unión Aduanera formada por Rusia, Bielorrusia y Kazajistán.

Por su parte, el Kremlin le recuerda la deuda de US$7.000 millones y le hace saber que en 2015 las puertas del mercado laboral ruso se cerrarán para los trabajadores de países extranjeros que no pertenezcan a la Unión Aduanera. Este es el contexto que explica la negativa de Yanukóvich para no firmar, en la pasada Cumbre de Vilna (28 y 29 de noviembre), el Acuerdo de Asociación negociado con la Unión Europea y el origen de las multitudinarias protestas en las gélidas noches de las calles de Kiev.

Así, Ucrania intenta ganar tiempo argumentando que Europa debe mejorar las condiciones establecidas en el pacto de Asociación que incluye el libre comercio, al considerar que firmar hoy supondría un duro golpe para el país, por la presumible pérdida de las relaciones económicas con Rusia. Mientras tanto, por un lado, Bruselas se ha mostrado abierta a discutir aspectos de la aplicación del Acuerdo, pero ha dejado claro que no se reabrirá la negociación del texto y, por el otro, los 28 estados de la Unión critican el excesivo uso de fuerza en contra de las manifestaciones proeuropeas e instan al diálogo para resolver la crisis.

El anhelo ucraniano de acercarse a Europa tiene su génesis en la disolución de la Unión Soviética y en la política común de vecindad europea, que considera a Ucrania un socio prioritario, tanto que en 2005, entre ambos, se dio el plan de acción conjunta para que la relación se estrechara más allá de la cooperación y se dirigiera hacia la integración económica y la profundización del diálogo político. Sin embargo, para muchos ucranianos la Política de Vecindad Europea no es un instrumento político adecuado, pues ellos pretenden la adhesión a la Unión Europea como socio pleno, mientras los países de la Unión no ven, a mediano plazo, cómo podrían digerir la adhesión de un país de estas dimensiones. Entre tanto, para Rusia la reintegración de los países que formaron la Unión Soviética en estructuras comunes es un objetivo prioritario.

El dilema ucraniano tiene un indiscutible trasfondo político, pero también un problema económico derivado de la superposición de obligaciones excluyentes, una frente a la Unión Europea y otra frente a la participación en la Unión Aduanera que lidera Rusia, que por cierto es su principal destino de exportaciones (30% en 2012) y Ucrania es el primer socio de Rusia en el ámbito de la Comunidad de Estados Independientes (11 países, de los 15 resultantes de la desintegración de la URSS).

Panorama nada desconocido para nosotros, que en forma análoga, pactamos obligaciones económicas que se superponen y que, con fundamento en el calendario electoral y el paro agrario, retrasan, por un lado, la aplicación del Acuerdo Comercial con la Unión Europea -que se encuentra demandado en la Corte Constitucional por su aplicación provisional- y, por el otro, genera una serie de salvaguardias en contra de sus socios andinos, incluido el cercano Perú, que apuesta decididamente con nosotros en la Alianza del Pacífico.