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Analistas 03/09/2020

Liderazgo sobredimensionado

Eric Tremolada
Dr. En Derecho Internacional y relaciones Int.

La retórica populista, que muchos creyeron que era una lógica coyuntural, indica que llegó con la intención clara de permanecer y, sin importar la orilla ideológica, nos martilla y martilla frases que venimos interiorizando como ciertas. Entre otras: Los medios de comunicación -a menos que comulguen con los intereses populistas- traicionan las aspiraciones del pueblo; las elecciones son y serán fraudulentas salvo que beneficien al candidato populista; los políticos -salvo el populista y los que lo rodean- son corruptos y sanguijuelas del sistema; los partidos políticos suelen ser disfuncionales y poco democráticos, y en lo que sí coincidimos, ajenos a sus principios ideológicos; los funcionarios, según la rama del poder público, serán tecnócratas que desconocen la realidad del pueblo (ejecutivo); politiqueros (legislativo) y arrogantes (jueces). Los académicos e intelectuales abstractos y engreídos, y los científicos ¿quién los necesita?

Se trata de impugnar a las élites no porque se desempeñan mal en sus tareas, sino porque tienen equivocados sus valores y eso los inhabilita a representar al “pueblo”. En últimas, como la única fuente legítima de autoridad moral y política provendría del pueblo, buscan la sanción moral despolitizando el conflicto social, para que todos se marquen en favor de un liderazgo que les asegure sus intereses frente a las amenazas externas e internas. Claro está, entendiendo como “pueblo” a quien está con el populista y como enemigo del mismo a quien no está con él.

Esta es la fórmula con la que los populistas de todas las orillas ideológicas llegan al poder, personifican al “pueblo” y una vez alcanzan el objetivo, derruyen, “representando la voluntad general”, los contrapesos de los sistemas liberales que le impidan ejercer su autoridad. Esto es lo que Habermas denominó “descomposición de estilo trumpiano”, y que no es exclusivo de los Estados Unidos. Democracia como instrumento de acceso al poder cuestionando la autoridad del “establishment” donde todos resultan responsables de la situación en general y, particularmente, de la situación de los más desfavorecidos, que han sido “abandonados” por las élites que combate el populista, tanto desde su aspiración como en el poder. De ahí que una vez encaramado nada pueda condicionar la necesidad de permanencia.

Parafraseando a Murphy, si ya toda instrumentalización de la democracia es mala, acabará peor si los políticos -sin ideas- siguen, como señala Máriam Martínez-Bascuñán, sucumbiendo a la tentación de instrumentalizar a los populistas para lograr sus propios objetivos. Utilizar un líder “inmoral y peligroso” en su propio beneficio como lo aprovechan en Estados Unidos muchos republicanos, sin que importe deslegitimar una elección presidencial y las instituciones, y en Colombia, el autodenominado Centro Democrático, respecto del poder judicial, la JEP y la Constitución, nos iguala a Corea del Norte y a Venezuela.

Como hace mucho venimos señalando en esta columna, el populismo se combate no se usa, toda vez que como dice Martínez-Bascuñán el monstruo acaba siempre por cobrar vida propia. Pedro Chaves, suma, señalando que todos los partidos vienen normalizando los discursos confrontacionales y de odio, y no pocos medios de comunicación tradicionales favorecen el desplazamiento del “sentido común”.

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