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Incierta coalición

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Hoy se completan 15 días desde cuando comenzaron los ataques aéreos de Estados Unidos y cinco aliados árabes (Jordania, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Bahrein y Qatar) contra objetivos del autodenominado Estado Islámico de Irak y el Levante (Eiil). Si  bien fue Francia el primero en sumarse, la participación más esperada por parte de Estados Unidos era la de los países árabes, toda vez que se empezaba a actuar sobre objetivos en Siria, y su liderazgo -que alimenta la desconfianza en la región- puede hacerse detrás de estos. Hoy son unos 30 países, entre occidentales y árabes, que hacen parte de la coalición, entre los últimos, y con voluntad de apoyar a Egipto, Irak, Líbano, Kuwait y Omán. 

La diferencia sustancial con los ataques contra objetivos de Eiil en territorio iraquí no es en el método -se siguen haciendo desde el aire, brindando apoyo a fuerzas locales, usándose los servicios de inteligencia y contraterrorismo, y brindando provisión de ayuda humanitaria-, lo que hace la diferencia es que las acciones sobre el territorio sirio no contaban con la autorización de ese gobierno. No obstante, hace una semana, en Nueva York, ante la Asamblea de Naciones Unidas, el ministro de exteriores sirio dio su aprobación a los ataques aéreos de la coalición.

Surge, así, una alianza que lucía improbable por los estados que la componen, y porque termina configurando una discutible defensa colectiva con acciones de fuerza sobre Irak y Siria que cuenta con los consentimientos previos -uno expreso y otro tácito- de sus gobiernos. Superado, más o menos el debate jurídico, el político luce mucho más intrincado. En nuestra columna “¿Echando de menos a Sadam Husein?” (26 de agosto) explicábamos que la inmovilidad de la comunidad internacional ante la crisis Siria y el Frente al Nusra facilitaron la implantación de los salafistas yihadistas en este país. Sin embargo, en Irak, el gobierno chiíta de Nouri al Maliki -primer ministro iraquí hasta agosto de 2014- utilizó las fuerzas armadas y milicias para reprimir a la población sunita, a tal punto que, como explica Patrick Cockburn en The Independent, el sectarismo contra 6 millones de árabes sunitas que viven entre Irak y Siria, hizo que le temieran más a la violencia de Bagdad y a sus milicias que al Estado Islámico. 

Rami G. Khouri, profesor de la Universidad de Beirut, explica que los esfuerzos billonarios de Estados Unidos en Irak en la última década solo han producido sectarismo y corrupción de los líderes chiítas, de ahí que entienda que la única alternativa real al Eiil sea un gobierno iraquí inclusivo con los sunitas. En la coalición del mismo lado estarían Irán (chiítas) -si decide sumarse- y Arabia Saudita (sunitas) que vienen disputándose la hegemonía regional. Recordemos que Irán apoya a Bashar al Asad, a Hezbolá en Líbano y Hamas en Gaza; Arabia Saudita a la oposición sunita en Siria. Por su parte, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes y Egipto combaten a los Hermanos Musulmanes, mientras Qatar y Turquía los apoyan.

Para completar el complejo escenario, Fabrice Balanche, de la Universidad de Lyon, precisa que la mayoría de expertos coinciden en que la operación aérea es insostenible a largo plazo y requerirá, más temprano que tarde, apoyo terrestre, pero en el terreno los únicos aliados fiables a los americanos son los kurdos sirios que pertenecen al PKK que figuran en su lista de organizaciones terroristas y, por el otro lado, está el ejército sirio de Bachar al Asad considerado ilegítimo. 

Si nos guiamos por los dudosos éxitos de las intervenciones en Afganistán e Irak en la última década, no podemos ser optimistas.

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