A cinco días de las elecciones presidenciales de los EE.UU., recordamos nuestras columnas de agosto de 2018 en las que insistíamos que la política exterior colombiana debía mirar al conjunto. Colombia entre 2010 y 2018, como una de las escasas excepciones al respice polum imperante en más de un siglo, diversificó su agenda fortaleciendo las relaciones con Latinoamérica y el Caribe, revirtió el rezago y el desplazamiento que teníamos con Asia Pacífico, y su agenda exterior dejó de centrarse en la securitización para soportarse en una diplomacia económica, comercial y cultural.

Sin embargo, el Gobierno actual empezó agitando el chovinismo, primero pensando en la disputa con Nicaragua, anunció el uso de “todos” los mecanismos necesarios para defender el territorio, cuestionó el reconocimiento de Palestina como Estado y, en materia de paz, insistió en “hacerle modificaciones importantes” al Acuerdo e incluso se volvió a negar la existencia del conflicto.

Así, volvimos a un agenda securitizada, contando las hectáreas sembradas de coca y hablando de nuevo de fumigaciones aéreas, promoviendo un infructuoso cerco diplomático a Venezuela, un irrestricto apoyo a Guaidó, fricciones con Cuba, no solo porque se niega -amparada por el protocolo de ruptura- a extraditar la cúpula negociadora del ELN, sino porque fue uno de los poquísimos países que se abstuvo de votar en la ONU a favor de levantar el bloqueo económico a la isla, y como si fuera poco, ralentiza la implementación del Acuerdo de Paz con las Farc, pese a que sabe el enorme costo que le significa frente a la comunidad internacional. En marzo pasado, el relator especial de la ONU, Michel Forst, concluyó que Colombia sigue siendo el país de América Latina donde asesinan a más defensores de derechos humanos.

Ahora, como en 2008 durante el gobierno de Álvaro Uribe, rompe la obvia neutralidad política que el país debería tener frente a las elecciones de los EE.UU. y se alinea con los republicanos. El flirteo es aprovechado por el propio presidente americano, a quien la irrupción de Colombia en la campaña, le facilita asegurarse un importante sector del voto latino en Florida. Trump, como si fuera Uribe, pensando en los mismos réditos, critica el proceso de paz y descalifica a los demócratas con el apelativo de “castrochavistas”, y no se inhibe en mandarle al imputado expresidente colombiano mensajes de apoyo.

¿Será que la Cancillería colombiana no recuerda que luego de los comicios de 2008, los congresistas demócratas nos cobraron que Uribe recibió en plena campaña electoral a John McCain, y por ello ventilaron sin reparos las dudas que tenían de ese gobierno en materia de derechos humanos? El trámite del Tratado de Libre Comercio entre los dos países, solo se despejó seis años después, esto es cuando Uribe había dejado el poder.

No obstante, la apuesta en favor de McCain fue menos riesgosa y la intromisión en esa campaña menos notoria, aunque Duque no se haya manifestado el evidente y nada recatado entrometimiento de su gobierno en favor de Trump, en medio de una realidad política muy polarizada, no será olvidada por los demócratas, ni por los países latinoamericanos a los que dividió al postular -en contra de un código de conducta- como presidente del Banco Interamericano de Desarrollo a Mauricio Claver-Carone, el candidato de Trump.