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Analistas 23/12/2021

Carta navideña

Eric Tremolada
Dr. En Derecho Internacional y relaciones Int.

Un Nicolás nacido casi 300 años después de Jesús, que llegó a ser obispo de Mira, ciudad del imperio romano, hoy Turquía, fue forjando una fama bien ganada entre los santos, no solo por los favores y milagros que le endilgan marineros y naciones, sino porque empezó a conocerse como patrón de los niños y portador de regalos. Gerry Bowler, autor de Santa Claus: A Biography, recuerda dos sucesos que le dan sentido a la fama de este protector. Evitó que tres jóvenes mujeres tuvieran una vida dedicada a la prostitución, al proporcionarle al padre de estas -en secreto- oro suficiente para pagar sus dotes, y descubrió el crimen de tres niños a los que resucitó.

Así, se construye la historia de san Nicolás como portador de regalos que se entregaban a los niños -siempre que se portasen bien- en el aniversario de la muerte del santo, el 6 de diciembre. Con la reforma protestante, sobre todo en Europa del norte, los santos se volvieron impopulares y Nicolás no fue la excepción, dejando la responsabilidad de la entrega de regalos los 25 de diciembre al niño Jesús. La dificultad de la tarea para el Niño, estribaba no solo en su niñez, sino en su misericordia, que no podía condicionar la entrega de regalos al buen comportamiento, de ahí que se hiciera acompañar de Ru-klaus, Aschenklas o Pelznickel, distintos nombres que tomó san Nicolás, su amenazador compañero.

Llegamos, entonces, a Sinterklaas que endulza la Navidad de los niños holandeses, alemanes y rumanos, y en América del Norte se convirtió en Santa Claus y empezó a dejar los regalos, ya no en los zapatos de los niños sino al pie de un árbol decorado para la ocasión. La influencia continuó a la inversa apareciendo en Francia Père Noël, en Gran Bretaña Father Christmas y en España e Italia Papá Noel. En el caso de estos últimos, coexistiendo con la tradición de la entrega de regalos el 6 de enero, a cargo de los Reyes Magos en España y de la Befana en Italia. Por cierto, esta tradición está hermanada, pues cuando los Reyes perdieron de vista la estrella que los guiaba, fueron orientados por una anciana de cabellos blancos que se sostenía con la ayuda de una escoba. Llamada la Befana, ella perdió la oportunidad de conocer al niño porque desechó la invitación de los Reyes y cuando tardíamente se animó, no pudo encontrarlos y decidió entonces repartir dulces a los niños que se cruzaban en su camino.

Estas tradiciones le dan una magia especial a la Navidad, cuando muchos escribimos cartas a quien creemos es el mejor destinatario para que nos brinde esperanza. Esta columna, en consonancia con los asuntos que trató este año, lo hace de forma abierta y pide con fervor que la Otan y Rusia no sigan pugnando por Ucrania; que las medidas adoptadas en la COP26 -como creemos- no sean pocas y tardías; que los espaldarazos internacionales a la Justicia Especial de Paz en Colombia la blinden de tanto enemigo; que los que cultivan nuestros alimentos puedan proporcionar a sus familias dietas saludables y nutritivas; que las protestas de obreros, campesinos, indígenas, estudiantes encuentren respuestas ponderadas y políticas sociales; que el miedo y los nacionalismos no sean determinantes en los procesos electorales; que los conflictos tengan una solución pacífica y los evadidos de la realidad del covid entiendan su responsabilidad con los demás. Feliz Navidad.