Analistas

100 columnas

Desde el 22 de febrero de 2013, cada 15 días, aparece esta columna que comenzó por precisar el alcance del derecho internacional como un denominador común que objetiviza las relaciones internacionales -en términos de mínimos- y nos ocupamos de coyunturas que poco han evolucionado en estos años. Los litigios con Nicaragua, el proceso de paz en Colombia, los quebrantamientos de la seguridad internacional y la paz, los temas de la integración europea y latinoamericana, los extremismos y los galimatías jurídicos, y la escasa lealtad a las palabras y a los hechos que malintencionadamente -Estados e individuos- pervertimos, moralizamos, encadenamos a oscuros objetivos, como testimonio de una justicia aparente (posverdad).

En el asunto con Nicaragua prima el chovinismo y aún -por intereses políticos- nos resistimos a entender que la razón jurídica nunca estuvo de nuestro lado en la controversia sobre la delimitación marina; seguimos debatiendo si compareceremos en el proceso sobre la plataforma continetal extendida y en el litigio de responsabilidad internacional por incumplir la sentencia de 2012: contrademandamos.

En el proceso de paz apostamos por una paz imperfecta para salir de una perfecta guerra. Sin embargo, el derecho internacional de los derechos humanos, el derecho internacional humanitario y el Estatuto de Roma fueron determinantes -a favor de las víctimas- para el resultado de lo que se negoció en La Habana y se firmó en Cartagena. No obstante, el debate superficial, sin lealtad a la palabra y a los hechos -antes y después del plebiscito-, y que ahora persiste en la implementación, que se prolongará hasta las elecciones de 2018, viene consolidando una paz que piensa menos en las víctimas y más en los favorecimientos a los victimarios.

En materia de paz y seguridad internacional tampoco hemos evolucionado mucho. El asunto sirio es un lamentable ejemplo. Las primaveras árabes motivaron -hace ya más de seis años- las protestas en Siria, donde una población harta de la represión y corrupción del régimen alauí de la familia Asad protestaba con la ilusión de que, al igual que Túnez, Egipto, Libia o Yemen, Bachar Al Asad fuera derrocado, pero sigue como presidente, y las cifras crecen escalofriantemente: entre 320.000 y 450.000 muertos y 1,5 millones de heridos; cinco millones de refugiados y entre seis y ocho millones de desplazados internos; y al menos 50% de la infraestructura del país destruida. También nos ocupamos del asunto de Ucrania que -de la misma manera y por las mismas razones- no evoluciona favorablemente.

La crisis de la integración europea: económica, de liderazgo, de migración y refugiados, ha sido recurrente en este espacio, criticamos el desafío británico y nos decepcionamos con la victoria del Brexit. También con la escasa voluntad política dentro del Mercosur, la CAN y la tan cacareada Alianza del Pacífico, y han sido reprochados y desvirtuados los extremismos y galimatías jurídicos que justifican conductas absurdas.

Finalmente, para contrarrestar la deslealtad a la palabra, y los hechos que tanto daño le hacen al debate público, agravado por el efecto multiplicador de las redes y el de muchos medios de comunicación, preocupados más por cuidar sus audiencias que su credibilidad, seguiremos apostando desde esta columna por reasumir la ineludible deliberación interior, de lo contrario, no evadamos nuestra responsabilidad por convertirnos en caja de resonancia de lo que sabemos es falso.