sábado, 25 de julio de 2020

Cuando la actual Indonesia vivió la erupción del volcán Tambora en 1815, el incidente costó la vida a 60.000 personas. Hubo cambios climáticos a nivel global, miles de cultivos quedaron destruidos y una oleada de hambruna, enfermedades y pobreza golpeó a la población. En ese momento la sociedad local enfrentó una disyuntiva: se alimentaban ellos o a los caballos que los transportaban. El desenlace fue fatal para los caballos, pero benefició a los humanos. Poco tiempo después, ante la escasez de caballos que transportaran personas, un inventor alemán nos presentó la bicicleta.

Hoy, dos siglos después, la pandemia del Covid-19 le recuerda a esta generación que, sin distinción de raza, posición social, nacionalidad, credo o religión, todos somos igualmente vulnerables ante un enemigo minúsculo e invisible como el virus que nos tiene en jaque. Ciertamente, esta crisis no es más que una advertencia de que para garantizar nuestra existencia necesitamos convivir armónicamente con la naturaleza. Lo anterior, al igual que hace dos siglos, nos plantea una disyuntiva: ¿es viable continuar con un modelo de desarrollo actual o hay que replantearlo en busca de una mejor coexistencia junto al medio ambiente?

Tan solo seis meses después del inicio de la pandemia, y cuando aún su golpe más fuerte no nos llega, caben pocas dudas con respecto a nuestro modelo de desarrollo, el cual debe dar un vuelco hacia modelos más sostenibles ambiental, social y económicamente. Es este el punto donde el agro cobra especial protagonismo como actor fundamental dentro de nuestra economía nacional.

Sin embargo, el agro colombiano ha perdido relevancia frente a lo que era en tiempos pasados. En varias ocasiones he dado ejemplos sobre cómo este sector ha sido relegado históricamente. Mientras en 2019 la participación de ocupados del sector con respecto al total nacional fue de 16%, en 2003 esta participación fue de 21%.

De igual forma, tenemos un campo que podría ser fuente de riqueza y oportunidades al abastecer la demanda nacional y exportar alimentos a otros países, pero las exportaciones no despegan. En 2018, las exportaciones de productos agropecuarios, de alimentos y bebidas per cápita de Colombia fueron de US$147, mientras las de Chile fueron de US$1.288, las de Argentina de US$774, las de Ecuador de US$617, y las de Brasil de US$446. El fortalecimiento del sector es una tarea que no da más espera. Las soluciones de mediano y largo plazo ya están formuladas en informes como los de la Misión para la Transformación del Campo.

Quiero resaltar el acompañamiento que en el país ha venido realizando la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), quien de la mano del Ministerio de Agricultura ha iniciado la elaboración de Planes de Desarrollo Agropecuario con enfoque Territorial para algunos departamentos. Los planes construidos desde las regiones están llamados a ser exitosos.

Pero resulta alarmante que la FAO encontró que los precios de los insumos se habrían incrementado hasta en 30% durante la pandemia. Sus mayores efectos negativos se han presentado en zonas ganaderas y hortofrutícolas, como Córdoba, donde 7 de cada 10 productores manifestaron que el alto precio de los insumos fue su mayor inconveniente. Además, el transporte para sacar los productos y comercializarlos es otro problema que enfrentan los agricultores para ejercer su actividad durante la pandemia.

En reiteradas ocasiones he dicho que el Estado tiene una deuda histórica con el campo que debe saldar cuanto antes. En estos meses, donde la pandemia nos ha obligado a priorizar nuestras necesidades, el agro ha sobresalido como una pieza clave de la que dependemos todos los colombianos para subsistir. Ojalá que cuando pase la pandemia, el campo colombiano no sea sometido nuevamente al olvido que lo azota desde hace décadas.