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Rigoberta

Rigoberta Menchú visitó Barranquilla en un momento crucial para el proceso de paz de Colombia. Fue escogida como Nobel de Paz en 1992 por su actitud durante el conflicto armado que vivió su país.

En Guatemala hubo una guerra civil entre 1960 y 1996. Se reportaron 250.000 muertos o desaparecidos. Todo comenzó con un fallido golpe de estado para derrocar al presidente Miguel Ydígoras Fuentes en noviembre de 1960. A pesar del indulto a los jóvenes golpistas, estos siguieron luchando y se convirtieron en la FAR (Fuerza Armada Rebelde) que dicidió al país en dos ideologías: comunista y capitalista, al mejor estilo de la ‘guerra fría’.

En los años 80, la guerrilla dominó el territorio hasta que el presidente Vinicio Cerezo abrió espacios para una paz negociada. En diciembre de 1996 se firmó la paz.

Rigoberta sufrió las atrocidades de la guerra. Algunos de sus hermanos estaban en la guerrilla y ella era consciente de que si la encontraban, la mataban.

Durante un asalto a la Embajada de España, su padre y otros campesinos murieron quemados por el ataque de la policía, posteriormente, mataron a su mamá y a un hermano del cual ella era inseparable, otros hermanos están desaparecidos, uno murió intoxicado y otro de hambre. En conclusión, la guerra le quitó lo que más quería.

Sin embargo, mantuvo siempre una actitud de liderazgo para consolidar la paz en un proceso complicado. “Yo hice la paz, entre todos hicimos la paz, pero no es suficiente silenciar los fusiles, hay que transformar la sociedad”, asegura. 

Por todo esto hay que contagiar a todos de la magia de una paz verdadera, sin nombres, sin apellidos y sin intereses políticos.

“Los prejuicios hay que abandonarlos porque son células que se mantienen en la mente y necesitamos manejarlos si queremos la paz”, “las víctimas no pueden ser tratadas con lástima si queremos paz, por el contrario, debemos verlas como seres capaces”, fueron algunas de las frases que le escuchamos en Barranquilla.

Hay diferentes colores y diferentes puntos de vista, aun dentro de las familias, pero todos se unen en el propósito común de construir un país diferente. 

Dejó otras enseñanzas: los acuerdos no pueden llenarse de detalles que se conviertan en obstáculos; los acuerdos deben ser generales, de ideas claras que den rumbo a la sociedad. En los diálogos multisectoriales se construye un pensamiento común. No es necesaria la guerra ni tener que morir o secuestrar para lograr un país tolerante y en paz.

En Guatemala los diálogos duraron poco más de 10 años. Los acuerdos también se llevaron a una consulta que fue pérdida porque las fuerzas capitalistas lograron influenciar el resultado final. Fue una consulta engorrosa con 60 preguntas sobre 60 temas y la gente no supo cómo, ni por qué votar.

Otro problema: los guerrilleros firmaron con sus seudónimos y no con sus nombres reales, por eso hubo problemas jurídicos para su validación. Lo que salvó el proceso fue la actitud colectiva porque después de la guerra y de la firma de la paz vino una engorrosa guerra jurídica. Todo este proceso requiere una labor de hormiga, como dice Rigoberta, y debe estar en la agenda de todos.

En Colombia se deben incluir diálogos con los indígenas como protagonistas y no solo como víctimas. Las mujeres también deben tener la oportunidad de participar en la construcción de la postguerra para garantizar sus derechos.

¡Mil gracias a Rigoberta por sus enseñanzas y su actitud valerosa!