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La Ley de Bonn: un modelo para garantizar la paz

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La moderna Constitución de Alemania, de 146 artículos, aprobada en mayo de 1949, es un modelo para asegurar la paz y garantizar los derechos y las libertades de todas las personas. 

Es la típica Carta Política de fuerza material, en la que sus normas no son reducidas a enunciados descriptivos sino que, por el contrario, tienen la eficacia jurídica que permite que la obediencia al derecho, columna vertebral de una sociedad, sea una realidad. Es un cuerpo normativo sencillo y de altísima legitimidad.

Es curioso que una Carta Política que nace de las ruinas y de la devastación política, ética y moral de una nación, sea el faro que promueva el retorno a la legalidad y paz perdida. 

Es curioso porque invita a reflexionar sobre cómo la ley fundamental es la que sirvió y sirve de instrumento para la reconstrucción de una nación destruida en la segunda guerra mundial. 

La Constitución de Alemania no puede ser olvidada, es hija de la guerra porque se expidió bajo la premisa de que ese país no debería sufrir nuevamente los estragos del nazismo ni de las corrientes dictatoriales. 

La grandeza de Alemania se edificó sobre los fundamentos de una justa y democrática carta política que nació para la paz, la justicia y la democracia.

Los políticos y juristas alemanes, al lado de la intelectualidad y la ciudadanía, oyeron las voces que advirtieron que fue la institucionalidad preexistente al nazismo la que facilitó el acceso y consolidación de esta inhumana fuerza política que condujo a la catástrofe del exterminio judío, la eliminación racial y la creación de los campos de concentración y de muerte: Auschwitz, Buchenwald, Treblinka, entre otros.

Los gobernadores militares de las potencias vencedoras de ocupación de Alemania desempeñaron un papel clave para que una nueva institucionalidad naciera como alternativa para asegurar la paz. La idea era que un modelo de Estado centralizado al máximo y con fuerte poder presidencialista abrió las puertas a la guerra.

La nueva institucionalidad tenía que garantizar que la paz fuera una realidad vigente y que el peligro al retorno a la guerra no fuese posible. Los alemanes no ofrecieron discursos de promesas de verdad, justicia y reparación ni pusieron a las víctimas como escudos de una política. Su reflexión y alternativa fue ante todo de naturaleza jurídica y política. Las guerras y los conflictos armados internacionales y no internacionales son derivaciones de la institucionalidad reinante, así de simple fue y sigue siendo.

Por eso, el reto de la reconstrucción de la democracia en Alemania reflexionó sobre el modelo de organización del poder en el territorio, que no facilitará el resurgimiento de regímenes autoritarios o dictatoriales que pusieran en peligro la paz. 

El sabio modelo es el de la segmentación del poder, no el de la concentración del poder político ni el económico privado. El poder político en el territorio de una nación, para que la paz no corra peligro, tiene ser repartido en forma democrática, tiene necesariamente que ser descentralizado.

Los alemanes escogieron un modelo político: el federalismo. Y no lo diseñaron como el típico federalismo norteamericano, sino que presentan una peculiaridad, que hoy se sigue debatiéndose pero que se conserva: un federalismo unitario, tal y como el jurista español Antonio Arroyo Gil lo expresa en sus distintos trabajos sobre Alemania y su texto constitucional. La lección de los alemanes no puede ser olvidada, invita a ser conocida, seguida y fortalecida.

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