Pretendemos alcanzar la verdad. La verdad se ha convertido en un fin en sí mismo. Un fin que se persigue con tesón y se pretende alcanzar. Es todo un esfuerzo titánico, la pretensión de coronar la cima que nos conduce a tocar la verdad. La ciencia moderna no ha escapado de esta pretensión humana. No partimos de una realidad incontrovertible que es nuestra finitud y falibilidad. Olvidamos nuestra falibilidad, que nos podemos equivocar.

No obstante ser falibles, la pretensión de alcanzar la cima para encontrarnos con la verdad para hacerla nuestra siempre está ahí. Cuando alcanzamos la cima la verdad se nos fuga. Tenemos que entender que siempre llegamos tarde al encuentro con la verdad. Esta es veleidosa y fugaz y nosotros soberbios. Ella se nos escurre y derrama como el agua que se aspira a poseer recogida en una canastilla.

Somos prisioneros de la fascinación por la verdad que defiende cierta corriente del racionalismo moderno. Pero insistimos en poseerla, muy a pesar, que siempre fracasamos en los intentos. Y, seguiremos fracasando como en la mitología griega fracasaba Sísifo subiendo la carga a la cima. Este es un error derivado de la soberbia.

No intentemos poseer la verdad. Estemos conforme en soñar con ella y de participar en un ambiente de pluralismo y tolerancia a participar todos en su búsqueda y de pronto verla en forma fugaz. La verdad no es para nosotros simples mortales. La verdad es algo divino y propio de la divinidad. Dios es la verdad. Pretender poseer la verdad no conduce a nada pacífico. La pretensión de alcanzar la verdad no es cosa distinta que proponer una declaración de guerra en contra de algún semejante al que se le priva del derecho de intervenir en su búsqueda para contemplarla.

La verdad como la justicia no son alcanzables como ideal puro en el mundo de lo humano. La justicia es aún más difícil tratarla porque tenemos que construirla para vivir en paz y para que el orden público se mantenga. A diferencia de la verdad que es inalcanzable, la justicia tenemos que alcanzarla, no lo podemos eludir. Pero la justicia requiere de partir de la compasión y de la misericordia y de la necesidad de crear una sociedad civilizada y evitar la polarización. Estas reflexiones acerca de la falibilidad humana en este momento, la realizo como una forma de contribuir a un escenario de paz.

La justicia al servicio de la paz no está en manos de los jueces, tribunales y las cortes de justicia. Estas autoridades trabajan con los criterios de justicia y las normas jurídicas creadas. Aciertan y yerran en su interpretación, comprensión y aplicación, son humanos no dioses ni pueden ser endiosados. Y, los criterios de justicia y las normas las crea la sociedad civil en forma democrática y esta se equivoca con frecuencia al establecerlas. La nación no se debe polarizar por las decisiones de los jueces. Si las decisiones de los jueces se consideran erróneas como pueden serlo, pero se requiere respetar su autonomía e independencia. Pero no siempre pueden tener la última palabra.

A veces y en forma razonable, la última palabra la tiene la sociedad civil en ejercicio de su poder soberano. La salud de la república era y es el bien supremo, nos enseñaron los romanos desde los tiempos del genio Marco Tulio Cicerón. Y, sigue siendo la salud de la república el bien supremo. Los problemas judiciales tienen un escenario, pero la salud de la república tiene su escenario. Una sociedad pluralista, democrática y tolerante abre el dialogo y se abre en la conversación a construir una alternativa pacífica.