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Vientos populistas

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Definitivamente la agenda nacional muestra que estamos sideralmente lejos del primer mundo, como lo comprueba la forma de afrontar nuestras dificultades de orden político y económico. Aquí nos dedicamos a las recriminaciones en lugar de leer los resultados electorales como lo hacen países serios que, frente al populismo manifiesto, lo atribuyen a causas sociales y estudian respuestas juiciosas. Nuestros dirigentes siguen en la fórmula tradicional de capturar el Estado para ponerlo al servicio de pequeños intereses o de sectores que no renuncian a vivir de las prebendas y el fantasma de la violencia social muestra sus colmillos en una sociedad que no ha podido encontrar el camino democrático de la construcción pacífica.

En otras latitudes la actitud es diferente. Europa mira con preocupación la ola de populismo de izquierda y de derecha que recorre el mundo. Los resultados electorales de Francia, Inglaterra e Italia confirman esa tendencia mundial que hoy preocupa a políticos y economistas. Según el FMI, la economía mundial quintuplicó su tamaño y según el BM la extrema pobreza se redujo al 10% en los últimos 30 años cuando era del 40%, pero ese desarrollo no produjo equidad y se logró de espaldas a las clases medias lo que generó un clima de insatisfacción de los electores que buscan opciones populistas sin importar el resultado.

El populismo no es una ideología sino una manera de hacer política o una forma de interpretar los conflictos. Si es de izquierda prevalece el señalamiento de unas élites como responsables de los desequilibrios económicos y sociales. Si es de derecha, esos desequilibrios tienen características culturales étnicas, raciales y hasta religiosas. De todas maneras hay en el mundo contemporáneo un claro enjuiciamiento de los partidos, de las élites y de las clases sociales. En ese orden de ideas los populistas desprecian el orden, no para edificar uno nuevo sino para presentarse como salvadores indispensables, y eso requiere una salida sensata para evitar los protagonismos antidemocráticos.

Europa busca respuestas no solo económicas sino arquitectónicas y urbanísticas. En Barcelona un foro de universidades y centros de desarrollo de Paris, Londres, Frankfurt, Viena y 32 países europeos, analizó más de 300 proyectos de remodelación urbana bajo una nueva concepción de movilidad incluyente y sostenible para un desarrollo democrático que responda a los nuevos reclamos de inclusión social.

En Italia el populismo reinante está en la mira de la UE. Un partido de extrema izquierda anti europeísta y un partido de derecha nacionalista, distanciado de Bruselas, controlan el Gobierno. La Unión, contiene la respiración para analizar los efectos de una fórmula que ofreció menos impuestos, base salarial única y disminución de la edad de jubilación para llegar al poder.

Francia frente al populismo, toma el camino del centro. Macron genera confianza en la Unión, sin ofrecer soluciones milagrosas. Impulsa políticas diferentes a las propuestas proteccionistas de Trump, busca expansión económica y nuevos emprendimientos tecnológicos, estimulando un Silicon Valley, a la francesa, con un marcado acento empresarial de sostenibilidad, responsable con el medio ambiente.

Los vientos populistas indican que la nueva crisis orbital será de orden social, y mientras el mundo se prepara, nosotros insistimos en ignorar a los electores para rendir culto a los escándalos, llegando como siempre tarde a las soluciones, que cuando llegan, si llegan, será demasiado tarde.

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