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Una mirada al proceso boliviano

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Tuve la fortuna de conocer de cerca el proceso boliviano de relevo en la conducción de un Estado que arrastraba, como el nuestro, secuelas y vicios coloniales. Allá como aquí, se instaló en el poder una aristocracia criolla que se consideró dueña de los destinos del país y de sus enormes riquezas mineras.

Como en casi toda América, políticos, terratenientes y comerciantes, prosperaron al amparo de gobiernos complacientes o francamente corruptos que permitieron o facilitaron, por debilidad o concupiscencia, el control de monopolios y negocios que estaban bajo la responsabilidad del Estado.

Las enormes fortunas y los abusos de la clase dirigente, generaron un proceso de insubordinación social que se manifestó en permanentes movilizaciones de indios y mestizos que lograron en 1952 un avance significativo en el reconocimiento de algunos derechos laborales y sindicales, pero que no tocó las raíces de la explotación minera ni rompió los lazos de los poderosos que se aliaron con las multinacionales para mantener el control de la economía y el Gobierno.

Solo hasta bien entrado el siglo XX, cuando la producción de coca y el narcotráfico generaron una economía emergente, surge una protesta organizada que cuestiona, ya no solamente las relaciones laborales y los derechos sindicales, sino que pone en entredicho el control del Estado.

Mineros, sindicatos, organizaciones indígenas y campesinas, movimientos políticos democráticos y de izquierda, inician un proceso de unificación y logran, después de varios fracasos, unificar criterios y derrotar los perversos procesos electorales de constreñimiento y compra de votos.

Evo Morales, descalificado por el establecimiento de la época como vocero de los sectores cocaleros, logra la unificación con los mineros y los indígenas organizados y llega al poder en 2010 después de varios intentos fallidos, tras un enconado proceso de persecución y violencia que dejó muchos muertos y damnificados.

Intento resumir el relato de estos acontecimientos del vecino país para destacar algunas similitudes con el nuestro y para dejar constancia de que se equivocan las sociedades latinoamericanas que pretenden mantener el poder político, a contrapelo de los deseos de las mayorías marginadas que silenciosa o ruidosamente cualifican los cuadros, se educan, identifican reivindicaciones, reclaman sus derechos y clarifican sus aspiraciones sociales y políticas.

Ese fenómeno recorre permanentemente, bajo diferentes ropajes, la geografía de este hemisferio. En el caso boliviano, ese cambio en democracia fue positivo. Así lo muestran las cifras de crecimiento (las mayores de Latinoamérica), inversión, recaudos, analfabetismo e inversión en infraestructura.

Contrario a lo que pudieran expresar algunos críticos, creo que el MAS, Movimiento al Socialismo, ha ejercido con moderación el poder, y si bien es cierto, persiguió legalmente a muchos que se enriquecieron en el Gobierno y abusaron de él, no generó un régimen de represalias que hubiera podido dar al traste con la débil democracia boliviana o que pudiera haber sumergido a ese país en una violencia de retaliaciones y venganzas de difícil pronóstico e imprevisibles consecuencias.

La conclusión es clara: el nuevo Gobierno debe mirar otros ejemplos en el vecindario para que, evaluando el grado de insatisfacción que hay en Colombia, a la luz de los resultados electorales y abandonando los caprichos y los egoísmos, haga los ajustes que la sociedad reclama.

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