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Un debate con final incierto

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En la competencia por la Presidencia de la República, a un mes de la primera vuelta, llama a atención y produce desconcierto el hecho que el país corra por una pista y lo candidatos por otra. El ultimo informe del Dane trae cifras que algunos celebran con bombos y platillos por los avances que muestran en la incesante lucha contra la pobreza. Pasar de 37,2% a una tasa de 26,9%, en ocho años, en los indicadores de pobreza monetaria, y de 12,3% a 7,4% en los de pobreza extrema, en el mismo lapso de tiempo, no deja de ser una buena noticia; sin embargo, estamos hablando de más de tres millones de colombianos que sobreviven, si es que logran hacerlo, con un ingreso incierto de menos de $120.000. De la misma manera, tampoco podemos cantar victoria, al comprobar que alrededor de 13 millones de colombianos viven con un ingreso miserable de $250.000, con los cuales no cubren las necesidades vitales de una canasta básica de bienes alimentarios y no alimentarios.

Así las cosas, lo que no se entiende es que en un país donde fácilmente la tercera parte de su población no tiene solucionados los problemas de supervivencia con los consiguientes efectos en la salud, la educación, la recreación, etc., la contienda presidencial no se ocupe de las fórmulas para que esos millones de colombianos tengan en el mediano plazo una respuesta cierta a sus falencias económicas. Hace algunos días la Cepal llamaba la atención sobre las cifras de pobreza en Latinoamérica que presentan un estancamiento en su comportamiento, contrario a lo ocurrido en la última década cuando registraron la mayor disminución.

De otra parte, el Gobierno, los gremios, los economistas, los empresarios, no muestran sensibilidad frente a un problema que se minimiza, tal vez porque nos hemos acostumbrado a convivir con una situación francamente injusta e impresentable. Pareciera que todos estuvieran centrados en salvarse, sin mirar el entorno ni la responsabilidad que obliga, no solo desde el punto de vista de la solidaridad sino en aras del compromiso con la justicia y con la necesidad de construir un sociedad más justa y equitativa. Nos contentamos sabiendo que hay tímidas muestras de recuperación económica. Es positiva la reducción de la inflación (3,37%), que nos acerca a las metas del Banco de la República, pero es claro que estamos al vaivén de los ingresos petroleros, de los cuales seguimos dependiendo, pese a que no somos grandes productores, lo que muestra a las claras la debilidad del aparato productivo.

En ese orden de ideas el país no puede ignorar lo que está ocurriendo en las plazas públicas. Ahí se está dando el debate que no se da en la academia ni en los foros especializados, pues gran número de ciudadanos están llenando escenarios callejeros para oír temas que los tocan diariamente y frente a los cuales no encuentra respuestas.

Todos los candidatos están de acuerdo en el diagnóstico, pero no se atreven, con algunas excepciones que preocupan al establecimiento, a plantear soluciones novedosas o por lo menos creativas frente a las afugias de los ciudadanos del común. La corrupción asfixia; las deficiencias en la atención a la salud de los colombianos clama a gritos una solución de fondo; la educación es costosa, mala y excluyente; la violencia y la inseguridad vienen creciendo día a día y todo indica que en esa materia los peores días están por venir.

El establecimiento perdió la sintonía con el país y puede llevarse sorpresas.

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