Analistas

Seguimos aplazando lo importante

En esta hora de dificultades económicas, el Gobierno insiste en hacer afirmaciones que riñen con la realidad, seguramente para tratar de salvar el plebiscito sobre los acuerdos de La Habana, pero hay la sensación, si no la certeza, de que vamos a pagar un precio muy alto por esa política de avestruz en la economía. 

La reforma tributaria es necesaria y cada día que se aplaza, incide sobre la incertidumbre que genera, y que ya ha sido registrada, debidamente, por las calificadoras de riesgos que, si bien es cierto, han abierto un compás de espera, no vacilarán en proceder rigurosamente si los tiempos del Gobierno, por razón de sus intereses políticos, no coinciden con los tiempos de los ajustes requeridos para conjugar, principalmente, los déficit en cuenta corriente y fiscal  que podrían estar bordeando el 6% y el 4% del PIB, respectivamente.

En ese orden de ideas, es urgente, además, aunque sea políticamente incorrecto, avocar cuatro temas: la reforma pensional, el control de la evasión, la parafiscalidad y el control del sistema financiero. El país no aguanta el crecimiento desmesurado del rubro pensional, que no solo abre una tronera en las finanzas sino, que es un factor de inequidad y de sobresalto social por las implicaciones que tiene, subsidiar a un poco más de 2.000 privilegiados de un sistema francamente oprobioso.

Está claro que la carga tributaria de las empresas es definitivamente alta y atenta contra las ya establecidas y contra la posibilidad de que surjan nuevos emprendimientos; sin embargo, se deben gravar los dividendos y enfrentar decididamente la evasión.

Hace unos días regresando de un descanso familiar en el Eje Cafetero, nos hospedamos en una hacienda en las afueras de la ciudad de Pereira. El descanso nos resultó tipo CM (caro y malo). La hermosa hacienda ganadera de más de cien hectáreas, brinda servicios de hotelería; y para sorpresa nuestra, la factura la expiden como: “ingreso a parque de diversión”. Indigna constatar que la gente adinerada de este país evade impuestos sin ningún recato.

En el tema de la parafiscalidad, comienza a abrirse tímidamente el debate sobre los dineros públicos, manejados como si fueran dineros de bolsillo, pero de bolsillo ajeno; como sucedió en Fedegán, donde los colegas de José Félix Lafaurie, se hastiaron de los abusos y, ante la imposibilidad de hacerlo a un lado, llegaron a la conclusión de que es más fácil hacer otra organización, antes que soñar con que el presidente de la Federación de un paso al costado. Aquí no es común esa práctica de delicadeza; si no, pregúntele al magistrado Pretelt.

El otro tema grueso, que se aplaza, tiene que ver con el sistema financiero. Nuestros banqueros no solo prestan dinero a tasas elevadas, y cobran costosos servicios, sino que tienen licencia para competir, deslealmente, con los empresarios de la construcción, utilizando los recursos de sus cuentahabientes. 

De otra parte, sorprenden las declaraciones del Superintendente Financiero, destacando los logros del país en materia de inclusión y profundización financiera, gracias al microcrédito, que según sus palabras: “después del portafolio de vivienda, es la cartera que más ha crecido en profundización en los últimos cinco años (37%)”. Imposible aceptar que podamos ufanarnos del crecimiento del microcrédito que representa el 2,71% del sistema financiero, con desembolsos inferiores a un SML, donde el 65,6% de los recursos están colocados a uno y dos años, con tasas alrededor del 40%, con excepción de tres entidades financieras cuyos intereses bordean el 20%, según informe de mayo de la Superfinanciera. Difícil, en este marco, cumplir una función social, para estimular crecimiento, y ofrecer respuestas a las necesidades crediticias de los sectores más necesitados.

Hasta aquí, cuatro tareas de gran calado. Desafortunadamente lo urgente sigue desplazando lo importante, y todo se aplaza por el plebiscito. Ojalá no lleguemos tarde, como siempre, a la cita con la realidad.