Analistas

Otra inoportuna manifestación de barbarie

Imposible hacer cualquier comentario sin hablar del secuestro de Salud Hernández, el periodista Diego D’ Pablos y el camarógrafo Carlos Melo, quienes, al parecer, están en poder del  ELN. No podía ser más inoportuna, sin dejar de ser mezquina, hasta el infinito, esta nueva manifestación de barbarie, en medio de un proceso de negociación de paz que cada día encuentra tropiezos sin cuento, ya por la intransigencia de las partes, ya por la desconfianza mutua de quienes se sientan a la mesa, ya por la fatiga de la opinión, aupada por intereses menores de todo tipo; y ahora, por la maniática decisión de un grupo, al margen de la ley, que pone la fresa que faltaba a la copa, cometiendo un delito más, contra la libertad de expresión, en general, y contra a libertad de prensa, en particular.

Que el palo no esta para hacer cucharas, todo el mundo lo sabe; pero es raro esa tendencia al suicidio colectivo, que parece anidar en el alma y en el instinto de sectores de nuestra sociedad fragmentada, que no renuncian al imperio de la barbarie, que destroza el alma del país, desde épocas remotas. Ojalá, un segundo de sensatez, de cara al mundo, que tiene los ojos puestos en la actual coyuntura, indique a los silenciadores de la prensa, que no hay más tiempo para tanta torpeza.

A lo anterior, se suman factores que inquietan a la opinión. Nada indica que la inflación vuelva a los cauces normales entre dos y cuatro por ciento como lo indica la ortodoxia del Banco de la República que, al parecer tardíamente, trató de controlar la volatilidad del dólar, y está encareciendo el crédito para beneficio del único sector de la economía que no tiene problemas, como es el sector financiero que, pese a haber disminuido sus utilidades en un 13%, según la Superintendencia Financiera, en el primer trimestre de este año, en comparación con el mismo periodo del año anterior, sigue teniendo ganancias sobresalientes en comparación con otros sectores de la economía. Lo preocupante es que el encarecimiento del crédito amenaza el consumo y la inversión; y en el mediano plazo va a afectar el empleo y no se surtirá la esperada baja de precios, pues al no poder recuperar en el corto plazo nuestro aparato productivo, seguimos comprando, con un dólar que no baja de precio, productos en el exterior que impulsan la espiral alcista. Nos acercamos al peor escenario.

La reforma tributaria es inaplazable, para enfrentar el déficit fiscal; pero se va a afectar el consumo con impuestos que golpean a las clases media y baja. Parece irreversible la decisión del Gobierno de aumentar el IVA y el impuesto al consumo, sin más consideraciones que la necesidad de caja, metiéndole además la mano a las rentas de trabajo, y “amistándose” con los empresarios, según afirmación del Presidente. Viajamos en contravía de la equidad y los programas de atención social son un paliativo insuficiente. 

El Gobierno debía jugarse sus restos en el Congreso, para controlar la evasión, las exenciones y exoneraciones; recortar el gasto, sin pensar en la tribuna, pues el despilfarro ha sido ostensible, y meterle el diente a temas como el de la salud, el de pensiones y del de los subsidios que, según Planeación Nacional, están lejos de producir equidad; y por el contrario, están contribuyendo a estimular los desequilibrios sociales y económicos del país. Es francamente inconcebible, que en este estado de cosas, de los $80 billones de subsidios (10% del PIB), el 20 % más  rico de los colombianos, reciba el 63% de los subsidios, y que el 20% más pobre, reciba solamente el 0,3% de los subsidios, según declaraciones de Simón Gaviria.

El clima social, en las regiones, no es el mejor; y a la incertidumbre que genera La Habana, se suman actos de barbarie y los efectos económicos de un ajuste fiscal en plena desaceleración. Se necesitan recursos frescos, pero el Gobierno no puede seguir privilegiando el capital sobre el trabajo. en materia tributaria, para no echar más leña al fuego.