Analistas

Las dudas del ciudadano de a pie

En el debate alrededor de la paz, no es fácil entender la reacción del ciudadano del común. Hoy les traigo un cuento sobre las congojas diarias que nos acechan y que, ubicadas en el inconsciente o conscientemente ignoradas, condicionan comportamientos y reacciones, que de otra manera no tienen explicación

Hace 13 años resolví volverme “inversionista internacional” con los ahorros familiares. Atraído por insinuantes avisos de prensa, llegué a la “prestigiosa” oficina de un bróker con amplia sala de recepción, tres secretarias y un sinnúmero de asesores trilingües, porque además de español e inglés, “encantaban serpientes”. El dueño, un personaje oscuro, con nombre de isla y apellido de cantante vallenato, enfundado en costoso traje y fina corbata, no hablaba con pequeños inversionistas y eso me confirmó la “calidad” del farsante.

De las múltiples opciones ofrecidas para convertirse en magnate de apartamento en Miami, yate incluido, como lo mostraban fotos de realismo mágico, escogí uno en un edificio patrocinado por Trump, el mismo que ahora funge de candidato republicano y quien prestaba el nombre para el proyecto, cobrando jugosa comisión para dar confianza al incauto comprador. Desde esa época, Donald, ya oficiaba de farsante.

Escogí el apartamento, entregué mis ahorros y en una visita, al objeto de mis sueños, supe que me habían engañado. Para acortar la historia, mi abogado, me ilustró sobre lavado de activos, violaciones cambiarias, evasión de impuestos en que incurren estas flamantes oficinas que, ante la inoperancia o la complicidad de los organismo de control, realizan toda clase de operaciones fraudulentas, moviéndose habilidosamente en fronteras grises, unas veces, como colombianos y otras como extranjeros. 

Mi asesor logró un arreglo, tratando de salvar “del ahogado el sombrero”. Me convertí en socio del timador, y cuando llegó la crisis inmobiliaria, reconozco su delicadeza, pidió autorización para vender el inmueble; lo vendió y se quedó con mi dinero.

Hace cuatro años inicié una acción civil buscando pronta y cumplida justicia. La última diligencia se hizo hace un año, cuando para “agilizar” los procesos, el mío pasó a un juzgado de descongestión.  Salió de paseo, estuvo perdido, y al año regresó sin que nadie lo mirara. Acaban de fijar una diligencia para mediados del próximo año. Supongo que mi timador, clubman y cínico de cartel, que sigue ejerciendo de “inversionista”, asesorado por “prestigiosos” abogados, apelará, cuando en dos o tres años salga, si es que sale la sentencia; y en diez, tendremos un fallo de nuestra flamante justicia para cerrar el cuento. 

¿Es este el sistema que defienden los enemigos de los diálogos de la Habana? ¿Un sistema donde los delincuentes de cuello blanco hacen y deshacen, y gozan de la impunidad, que el fiscal calcula en 99%? ¿Es esa la justicia que añoramos, donde los carruseles, la puerta giratoria, las pensiones, los contratos, la universidad fiscal, la diplomacia paralela, el turismo de las altas cortes,  son sus prioridades; pues las de los ciudadanos no figuran en su agenda?

¿Es esta la sociedad que se pone en riesgo, porque unos guerrilleros quieren desmovilizarse, entregar las armas, pedir perdón a sus víctimas y vincularse a la política para llegar a ocupar un puesto en la institución más desprestigiada del país? 

 ¿Se agravará la impunidad o se pondrá en peligro la inexistente sanción social que, al asaltante perfumado de mi cuento, le permite pavonearse en un prestigioso club de la ciudad?

Los ciudadanos de a pie pensamos que hay un Estado fallido; que algo estamos haciendo mal; que los resortes morales de nuestra sociedad están podridos; que no hay seguridad, ni garantías, ni controles reales; que no hay justicia o que no funciona; y que cualquier avivato se viste de seda y hace su agosto. Mis dudas, las dudas del ciudadano de a pie, no son frente al proceso; son frente a la incapacidad del Estado para asumir nuevos compromisos, cuando no puede cumplir los que hoy tiene.