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Analistas 20/08/2022

¿Ganamos?

Debieron pasar doscientos años para ver un remezón en la dirección del Estado colombiano. Nos habíamos acostumbrado a la monotonía de lo estático, alterada por la turbulencia de pasiones políticas violentas que dejaron huella indeleble en el alma de una nación atribulada, negada a explorar caminos diferentes.

Es ostensible el ambiente de cambio que se respira y esa circunstancia me trae nuevamente a esta casa periodística, tan cara a mis afectos, para retomar el hilo de nuestros encuentros con los amables visitantes de estas páginas de opinión. Bueno es aclarar que soy amigo del actual Presidente, y que estuve a su lado, en horas difíciles, soñando en la utopía de un mundo más humano y más amable, sin esperar nada distinto a mantener viva la esperanza de las futuras generaciones. Pueden tener los lectores la certeza de que, al volver a esta tribuna, recupero mi absoluta libertad para opinar sin compromisos, solamente empeñado en contribuir al debate, destacando lo positivo y manteniendo las líneas rojas que la dignidad del periodismo obliga.

Conozco de cerca a Gustavo Petro y tengo de él la imagen de un hombre honesto que sueña, que idealiza, que añora, que sufre, y que como buen político se encandila con las luces, se embriaga con las multitudes, y que también se equivoca, como lo ha demostrado en las primeras de cambio de este singular cuatrienio. Tiene vocación de líder y como tal, busca inscribir su nombre en las páginas de la historia.

Quería llegar y llegó, haciendo algunas concesiones, que no compartí en su momento, pero concesiones sin las cuales no se subsiste en ese submundo tenebroso de la política. El país puede tener la certeza de que Petro es un militante de la izquierda, en ese abanico que describe Gustavo Bueno, que va del extremo al centro, sin ser un rabioso extremista.

Desde su militancia en la guerrilla sus compañeros lo admiraban por su facilidad de expresión y por su amor por los libros que coparon en su mochila de dotación el espacio destinado a las vituallas de la guerra, guerra que vivió más como un compromiso con la vida que un pacto con la muerte. Sin temor a equivocarme pienso que el actual Presidente de los colombianos defenderá la Constitución, en la que cree apasionadamente, y en ese empeño usará los recursos que la ley le otorga para dejar una huella, lo más profunda posible, que las instituciones le permitan, para consolidar la paz y la equidad que son la obcecada razón de su existencia. Creo tener autoridad para transmitir esa percepción que me permite recomendar a los amigos del statu quo, aplazar sus ansias de ver en el foso los huesos del que consideran un impostor y abrir un prudente compás de espera, para permitir que arribemos a buen puerto bajo la inédita dirección de un exguerrillero.

Ya tendremos oportunidad de ir desbrozando el camino transitado. Por lo pronto dejemos establecido que el Gobierno actual, no surge de la nada ni es una muestra de fatalidad apocalíptica alguna. No, es el resultado de lo que hemos hecho o, mejor, de lo que hemos dejado de hacer en doscientos años. La nómina de quienes estrenan carro oficial, donde hay buenos, regulares y no tan buenos, merece una revisión; pero es un mensaje conciliador, consistente con lo que la tierra produce. El debate queda abierto.

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