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¿Donde está el piloto?

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La película norteamericana de un avión a la deriva es la parodia perfecta de la comedia nacional. Todos los instrumentos indican que hay una emergencia y ante la incapacidad física de quienes debían dirigir el vuelo, surge la anarquía. Cada pasajero formula su propia teoría. Al mando del aeroplano se ensaya un muñeco inflable y se improvisa un piloto inexperto que dirige la operación en medio de gritos, desmayos, desmanes y protestas.

No es bueno contribuir al pesimismo y al pánico, pero no se puede ignorar el difícil momento que atraviesa la nación. La aparente estabilidad de nuestras finanzas y la confianza, tanto del sistema financiero internacional como de las Calificadoras de Riesgo, obedecen más al manejo tradicionalmente serio y responsable de nuestros compromisos ante la comunidad internacional que a la respuesta frente a la actual coyuntura económica.

Está claro que era indispensable el ajuste propuesto, pues aunque la regla fiscal ha sido flexibilizada, 2023 está a la vuelta de la esquina, cuando el déficit debe estar alrededor de 1,3% camino a la anhelada meta de 1%. La reforma tributaria es inaplazable, pero se sigue improvisando. La reforma estructural no apareció por parte alguna. Lo aprobado hasta ahora en las comisiones económicas es más de lo mismo, con la sola excepción del impuesto plurifásico del IVA a las cervezas y gaseosas, que ojalá se mantenga, y la sobretasa al sector financiero, que fue derrotada; dos ajustes novedosos, que van en la dirección correcta, de los muchos que deben hacerse más temprano que tarde.

Los $7,5 billones que pretende recaudar el fisco, están muy lejos de los $14 billones que inicialmente presentó el Gobierno como el faltante para el próximo año. Queda el mal sabor de seguir improvisando, pues no será fácil, por la vía de la austeridad o del control a la evasión, cumplir la meta inicial. Los colombianos pueden tener la absoluta certeza de una nueva reforma antes de 2020. Los precios del petróleo no garantizan estabilidad en las finanzas y la rebaja de tarifas a las grandes empresas genera un faltante a futuro.

La confusión es total y nada contribuye a clarificar el rumbo. La clase dirigente no quiere dar el brazo a torcer y tampoco aparecen las reformas que el país reclama para mantener el curso del vuelo y la calma. El debate sobre el caso Odebrecht dejó al descubierto los malos olores de un proceso lleno de sombras y dudas. Los dueños del avión, los encargados del orden y la tripulación, dan palos de ciego y le hablan a 27% de los pasajeros, pues el resto no les cree ni les para bolas. Al Fiscal, nadie le puede creer que no sabía. Es claro que sabía, como es claro que el dueño del avión, el Grupo Aval, también sabía lo que ocurría en la cabina de mando. Nadie que tiene dinero se levanta de hombros cuando sus subalternos le informan que alguien los está robando, y está claro que en lo de Odebrecht se siguen ocultando verdades. Los implicados deben responder a la justicia pues los pasajeros tienen la seguridad de que algo anda mal y nada indica que lleguemos a buen puerto.

Se equivocan los que tratan de imponer orden con los encargados de seguridad o volviendo trizas los códigos de vuelo. Petro es un pasajero más que interpreta la inconformidad de la clase económica cansada de subsidiar a los de primera. Bajarlo a la brava, solo incrementará el desorden y la inconformidad a bordo. Es urgente eliminar las injustas diferencias en el valor de los tiquetes y ajustar el rumbo antes de que sea demasiado tarde.

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