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Desde 1950, cuando Alan Turing, pionero de la computación, habló de la “inteligencia mecánica”, este concepto evolucionó rápidamente hacia la “inteligencia artificial”. En 1955, el científico informático John McCarthy lo definió como “la capacidad de hacer que una máquina se comporte de una manera que se llamaría inteligente si un humano se comportara así” (McCarthy et al., 2006). La realidad de hoy es que la inteligencia artificial generativa (GenIA) se utiliza universalmente en todos los ámbitos de la sociedad, empezando por los estudiantes y profesores de colegios y universidades. El verdadero rezago está en el modelo pedagógico llamado a orientar su uso para enfrentar los grandes retos de la era digital.
Para superar el rezago en las universidades, es necesario un conocimiento profundo y simultáneo de tres realidades: primero, la tecnología misma; segundo, los actores que la viven -estudiantes y profesores-; y tercero, el modelo pedagógico que le ayuda a dar sentido. Sin este último, la incorporación de nuevas herramientas corre el riesgo de quedar reducida a un ejercicio instrumental, y la IA se usa sin estar acompañada de la reflexión crítica.
Comencemos por los profesores, y lo digo como uno de ellos, que ha ejercido la docencia por ya casi cuarenta años. Suelo advertir a mis estudiantes en el primer día de clase que tienen frente a sí a un migrante digital que, en la década de 1980, programaba en Fortran IV sobre un IBM 1130. Los programas se codificaban en tarjetas perforadas que debíamos revisar cuidadosamente antes de llevarlas al centro de cómputo para correr el programa y obtener los resultados.
Desde entonces, para mantener nuestra vigencia académica, los profesores hemos tenido que actualizarnos constantemente. La tecnología ha sido para nosotros, en mayor o menor grado, un desafío permanente. Esta condición de migrantes digitales implica un esfuerzo intencional y sostenido de adaptación que los estudiantes actuales, como ciudadanos digitales, parecen no necesitar. Nacieron en la era digital; lo natural para ellos son los dispositivos, las aplicaciones, las plataformas en constante evolución.
La brecha, entonces, ya no es solo generacional; es también formativa, y esa depende enteramente de las instituciones. No es menor el desafío que representan los entornos de aprendizaje. Las universidades deben actualizar permanentemente sus infraestructuras físicas y tecnológicas para sostener ambientes -presenciales, virtuales e híbridos- capaces de responder a las actividades y experiencias que hoy demandan los procesos académicos.
En mi opinión, lo más determinante es que la pedagogía se diseñe en función de las exigencias propias de la era digital: la ubicuidad y asociado a ella la multimodalidad, la multi-alfabetización, las actividades para la creación activa de conocimiento, el desarrollo de capacidades cognitivas como el pensamiento crítico, la inteligencia colectiva, el aprendizaje diferencial y personalizado, y un modelo de evaluación recursivo y coherente con estos principios (Cope & Kalantzis, 2026). Las anteriores siete dimensiones corresponden a lo que deben priorizar las universidades para enfrentar las realidades que aquí he presentado.
La inteligencia artificial y las tecnologías emergentes solo alcanzarán su verdadero potencial si van acompañadas de un modelo pedagógico reflexivo y ético, centrado en el aprendizaje y en los estudiantes. El desafío no consiste únicamente en adoptar nuevas herramientas, sino en formar ciudadanos capaces de comprenderlas, apropiarse de ellas y utilizarlas para ampliar sus capacidades. Solo así la innovación tecnológica podrá traducirse en mayores oportunidades, en progreso compartido y en bienestar para la sociedad.
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