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Para Amartya Sen, las restricciones estructurales comprenden el conjunto de instituciones, normas, políticas y reglas sociales con las que las personas se encuentran en distintas posiciones sociales. Estas restricciones determinan la capacidad de los individuos para transformar los recursos disponibles en funcionamientos valiosos: logros concretos de vida que las personas tienen razones para valorar. En consecuencia, dichas restricciones estructurales son las que expanden o contraen el espacio de capacidades -entendidas como las libertades reales para elegir entre distintos modos de vida- de los seres humanos (Sen, 2000; Nussbaum, 2011).
Este enfoque resulta especialmente pertinente para interpretar los resultados de las pruebas Saber Pro en Colombia. Más que un instrumento de medición de competencias genéricas y específicas en la educación superior, estas evaluaciones del Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación (Icfes) reflejan las condiciones sociales, económicas e institucionales que condicionan el desempeño de los estudiantes universitarios. Leer los resultados desde el enfoque de capacidades permite identificar qué restricciones estructurales persisten, en qué medida limitan el florecimiento humano y qué intervenciones institucionales podrían removerlas.
Que más de 300.000 estudiantes hayan presentado la prueba en 2025 evidencia esfuerzos sostenidos por ampliar cobertura y consolidar acceso a educación superior. Sin embargo, persisten disparidades críticas, como las brechas regionales y la inequidad de género en disciplinas Stem. A eso se suma un dato preocupante: aunque la cobertura alcanza 57,5%, el acceso sigue sin traducirse en igualdad de oportunidades. Desde el enfoque de Sen, ingresar al sistema es apenas el punto de partida. La verdadera equidad depende de que los estudiantes cuenten con las condiciones necesarias para desarrollar plenamente sus capacidades. Poco sirve ampliar el acceso si las trayectorias académicas continúan marcadas por desigualdades previas: deficiencias en la educación básica y media, falta de conectividad y recursos tecnológicos, jornadas laborales paralelas para sostenerse económicamente o presiones derivadas del endeudamiento educativo.
Los resultados ilustran la tensión cobertura-calidad. Metafóricamente, en una carrera ciclista, todos llegan a la meta -la graduación-, pero en lotes distintos, en condiciones y a ritmos diferentes. Algunos avanzan con respaldo institucional, estabilidad económica y mejores procesos formativos; otros recorren el camino enfrentando obstáculos adicionales como los mencionados. Quienes alcanzan desempeños altos demuestran no solo competencia académica, sino una capacidad de agencia excepcional frente a restricciones que el sistema debería contribuir a reducir y no a perpetuar.
Las pruebas Saber Pro representan un avance significativo en la autoevaluación del sistema educativo. No obstante, sus resultados solo adquieren pleno sentido cuando se convierten en insumo para la transformación de las desigualdades estructurales que condicionan el aprendizaje. Una sociedad con profundas desigualdades requiere esfuerzos proporcionales: políticas de permanencia y graduación, cerrar brechas regionales, promover la equidad de género en todas las disciplinas, ampliar el bienestar universitario, reducir las cargas financieras sobre los estudiantes y asegurar estándares de calidad homogéneos en todo el territorio nacional. Solo así estas pruebas dejarán de reflejar las desigualdades y se convertirán, verdaderamente, en una medición del potencial y las capacidades de los jóvenes colombianos.