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Un baldado de agua fría

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Diego A. Santos - diegosantos1978@gmail.com

Uber se va de Colombia. Los taxistas se salieron con la suya. Tanto el gobierno anterior como éste no estuvieron a la altura de las necesidades de los ciudadanos y el resultado es nefasto: perdemos los ciudadanos y pierde el país. Justo es señalar también que la arrogancia y prepotencia de Uber no ayudaron.

Ahora bien, Colombia no es el primer país que le cierra las puertas a Uber. Italia o Dinamarca, por ejemplo, lo hicieron hace unos años, aunque la primera permitió excepciones de uso luego. En cuanto a ciudades, Londres y Barcelona lo prohibieron y en Las Vegas hubo fuertes confrontaciones hasta que finalmente se llegó a un acuerdo.

¿Qué sucederá en Colombia tras todo esto? Difícil saber. ¿Legislará ahora sí el Congreso para hallar una solución salomónica que además contemple la llegada de nuevas tecnologías? ¿Será que la presión ciudadana llevará al Gobierno a recular y se permitirá la permanencia de Uber mientras se halla una solución? ¿O pasará una semana y nos olvidaremos de este asunto como nos olvidamos de todo en este país?

Por lo pronto, este pasado lunes, la ministra de Transporte Ángela María Orozco y el Consejero Económico y de Transformación Digital, Victor Muñoz, señalaron que el Gobierno respaldaría un proyecto de ley para reglamentar la operación de plataformas tecnológicas de transporte, pero Uber, de una manera algo infantil, mantuvo su tono arrogante, prepotente y poco conciliador. Seguirá el tire y afloje.

Despojándonos de los fervores que surgen en estas discusiones, debemos entender que Uber entró a las malas en el país, que en numerosas ocasiones ignoró los pronunciamientos de las autoridades y pensó que se saldrían con la suya. Pero el caso es que la Superintendencia, nos guste o no, encontró argumentos jurídicos para prohibir el uso de Uber en el país. Y esa es la ley.

Otra cosa es que esa ley no sea la más adecuada para el mundo en el que vivimos, un mundo en el que cada año incursionan nuevas tecnologías que nos deben obligar a repensar nuestro marco jurídico y éste a su vez nos permita crear unas reglas más flexibles y acordes con la rapidez con la que están evolucionando las cosas.

Independientemente de si Uber se queda o se va, el Gobierno y el Congreso deben aprender de lo sucedido para entender que tienen que anticiparse a los acontecimientos y retos que nos depara el futuro próximo. Tanto la Presidencia como cada ministerio, así como el Congreso, deberían tener equipos de monitoreo para ver qué es lo que está cocinándose en el exterior, y así evitar repetir la ‘jaimitada’ de Uber.

Mientras sigamos igual, en Colombia seguirán imponiendo su voluntad personajes unineuronales como Freddy Contreras, uno de los líderes de los taxistas, quien en un video publicado en su Facebook, celebró la decisión de Uber con una agresión verbal a las mujeres y a los hombres que prestaban el servicio.

Quedar atrapado en las manos de personas como Contreras es, al fin y al cabo, anclarnos en el subdesarrollo, en la mediocridad y en el chantaje permanente de un gremio altanero, pendenciero y con un pésimo servicio al cliente.

Será muy interesante ver qué pasa en los próximos meses. Más allá de lo que moleste este episodio, ¿estará el Gobierno listo para pensar en grande y dejar unas bases sólidas para los nuevos jugadores que entren a nuestro mercado?

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