Analistas

Colombia, narcos y el mundo

Negar que todos permitimos la creación de esta cultura, es pretender tapar el sol con un dedo

La semana pasada muchos colombianos pegaron el grito en el cielo porque un periodista del diario español El Mundo publicó un artículo sobre la visita del Papa con el siguiente titular: “Francisco, en la patria de los narcos”.

El artículo, palabras más, palabras menos, señalaba que los colombianos, además del Papa, tenemos varios santos. Futbolistas, estrellas de la televisión, cantantes y, he aquí lo que indignó a muchos, que contamos entre nuestros santos a Pablo Escobar, “el narcotraficante de Medellín, adorado por la gente, recordado y añorado”.

¡Qué ofensa!, clamaron. Seamos serios, ¿qué mentiras escribió el periodista español? ¿Acaso no sigue habiendo gente que venera a Escobar? ¿Acaso no tenemos un ejército de áulicos de su principal sicario, alias Popeye? ¿Acaso nuestro comportamiento como sociedad no raya en lo mafioso en bastantes ocasiones?

Nuestro país es hermoso, virtuoso, con gente maravillosa, trabajadora, emprendedora y optimista. Pero al mismo tiempo Colombia está carcomida por el odio, podrida por la violencia, descosida por el constante abuso contra sus mujeres, minorías y niños, aprisionada por una cultura que desprecia la vida, rota por su falta de civismo, acabada por el desdén hacia el vecino y corrompida hasta sus intestinos.

No olvidemos que llevamos más de tres décadas conviviendo con una cultura narcotraficante que se apoderó de todas las esferas de nuestra sociedad y que nos dejó al borde del abismo. Negar que todos permitimos la creación de esta cultura, es pretender tapar el sol con un dedo.

Es cierto que se han venido haciendo esfuerzos titánicos para cambiar. Antioquia y Medellín, por ejemplo, a través de un trabajo muy serio de varios de sus gobernantes y ciudadanos, han modificado la dinámica tan negativa. La inercia positiva que le han imprimido los paisas al país es admirable, pero ello no quita que aún no hemos hecho suficiente.

Seguimos padeciendo a los traquetos. Si bien es cierto que ya no existen figuras como Pablo Escobar o los Rodríguez Orejuela, hay centenares de mafiosos que siguen afectando nuestro diario vivir. Las autoridades tratan de combatir a estos criminales, pero las venganzas y ajustes de cuentas siguen produciéndose.

Mientras el país se sigue abrasando por cuenta del narcotráfico, varios miembros de la clase política se roban el país. Y la Justicia, que debería ponerle un orden a todo esto, se comporta como la peor de las mafias, familiares incluidos. Entonces, ¿a qué viene tanta indignación por una verdad que escribió un periodista español?

Indignación es la que tendríamos que sentir con nosotros mismos. Indignación por nuestro comportamiento diario, por buscar siempre la trampa, por irrespetar algo tan básico como un paso de cebra, por elegir siempre a los mismos políticos, por ser tan irresponsables de votar por un tamal, por no votar, por comprar firmas, por salir a defender o aliarnos con políticos corruptos, por no respetar las reglas del juego, y por tantas otras cosas.

Para que nos respeten por fuera, tenemos que aprender a respetarnos aquí. Y eso, al parecer, está muy lejos de pasar. Somos una sociedad inmadura, acomplejada, con los valores totalmente trastocados. Ojalá aceptáramos vernos frente al espejo y entender lo que somos. Solo así podremos empezar a cambiar e indignarnos con justa causa.