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La imagen del camión que transportaba la ayuda humanitaria en llamas deja a cualquiera boquiabierto. Uno no alcanza a dimensionar que la ambición de algún líder pueda estar por encima de las necesidades, el hambre y el dolor de su pueblo. En la era de los reflectores, de la inmediatez de la información, se hace necesario controlar el ego y repetirse una y otra vez: la política es el arte de servir a los demás y no la actividad para servirse a uno mismo, el único jefe es el ciudadano, hay que construir sobre lo construido, los recursos públicos son sagrados y siempre se pude hacer oposición, pero nunca llevar la contraria.
Maduro llevó al límite a su gente perpetuándose en el poder para no solucionarles los problemas, sino a tan solo un puñado de venezolanos: los que comparten sus ideas o sus robos. Estos espejos debemos mirarlos, a todo aquel que quiera aferrarse al poder eternamente hay que temerle, de todo líder que no respete sus instituciones o se crea intocable, hay que dudar. De esos políticos que en su discurso solo inculcan odio y nos llevan a esquinas diferentes hay que huir, y de los que ven en la oposición su enemigo acérrimo al punto de silenciarla hay que evitar, porque no permitirán construir desde las diferencias sino imponerse bruscamente contra viento y marea.
Ningún extremo es bueno porque es desequilibrado. La historia lo ha demostrado y lo sigue probando una y otra vez. La situación de Venezuela es el resultado del abuso de un líder populista e improvisado cuya única motivación para gobernar era el control y las ansias de un poder, mas no estar al servicio de una nación, un líder que puso a su pueblo a que le sirviera llevándolo al hambre y a la muerte.
Es triste ver a lo que quedó reducido ese país próspero y desarrollado por culpa de las políticas retrogradas y arrogantes que se trazaron. Nunca pudieron pasar del discurso a la acción, lastimosamente las palabras se las lleva el viento. Se necesitarán muchos años para poder reparar los daños económicos y sociales que se le hicieron a Venezuela. De corazón espero que cuanto antes se pueda encontrar una salida a su situación a través del diálogo. El cerco diplomático ha hecho que los ojos del mundo entero se fijen en Venezuela. Ojalá los militares recuerden que su misión es proteger a su pueblo. La salida nunca será la guerra, la guerra solo divide, derrama sangre y crea unas heridas difíciles de sanar.
El perdón de la guerra es un acto silencioso, doloroso y de mucho tiempo, nosotros ya lo hemos vivido. A muchos se les hace fácil pedir una intervención como si no analizaran cuál es el impacto económico y social que tiene para Colombia dicha acción. ¿Por dónde creen que van a intervenir? ¿Dónde creen que se instalarán las bases militares? ¿Contra quién cree qué será la guerra? ¿Quién será la carne de cañón? ¿A dónde van a parar los refugiados? La respuesta es Colombia.
Alentar a una guerra es el peor error que podemos cometer. Ojalá la comunidad internacional pueda seguir presionando, llevando a un límite al dictador. Ojalá su pueblo se siga levantando y liberando, ojalá sus militares se pongan la mano en su corazón, pero lo que más deseo es que ojalá no haya una intervención que nos lleve a una guerra porque en ella todos, absolutamente todos, tenemos algo que perder.
Las cifras hasta octubre de 2025 sugieren cómo la Asociación Latinoamericana de Integración no es un actor complementario, sino el segundo pilar estructural de nuestro comercio exterior
Las probabilidades de éxito de un proyecto de gran envergadura en las postrimerías del cuatrienio de un gobierno con poca credibilidad y sin mayorías en el Congreso son bajas