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Terminar una relación, en cualquier contexto, es una decisión difícil porque implica recuerdos, logros, emociones y vivencias. Y no solo es compleja para quien decide irse, sino también para quien aún cree que hay algo por construir.
En el ámbito laboral, para un jefe es difícil despedir a empleados por razones presupuestales o de reestructuración. Cuando no hay bajo desempeño ni una causal de despido, cuesta más explicarle a la otra persona el porqué. Con los años puede surgir una relación cercana que se traduce en colegaje y complicidad, y que resulta dolorosa cuando llega a su fin.
También hay casos en los que alguien decide renunciar a una empresa por una mejor oportunidad laboral. Aunque también es una situación compleja, a veces esa dificultad depende del tipo de líder que se tenga. Hay jefes que no recibirán bien la noticia, otros que no aceptarán la renuncia (como si eso fuera posible) y otros que se alegrarán por el crecimiento de su equipo.
En cualquiera de los dos escenarios casi siempre surge una pregunta: ¿cuánto tiempo le doy a la persona para entregar el cargo? o ¿con cuánta anticipación se debe avisar de una renuncia? Aunque no existe una fórmula mágica, sí conviene tener en cuenta algunos factores.
El primero es el impacto en la operación. Si esta persona se va o es despedida, ¿cómo se ve afectado el negocio? Es necesario evaluar los procesos a su cargo, quién podría asumir el rol de manera temporal y qué información debe quedar documentada para facilitar la transición.
El segundo es el estado de los pendientes. Cuando hay muchas tareas o proyectos en curso, es fundamental que, en cualquiera de los dos escenarios, esas obligaciones queden documentadas con sus responsables, avances, próximos pasos y fechas clave.
Por último, y no menos importante, está la relación entre ambas partes. Siempre digo que hay que dejar las puertas abiertas en todo lugar, porque nunca se sabe cuándo habrá que volver o cuándo se necesitará una referencia laboral. Una buena salida también es parte de una buena relación laboral.
El jefe debería recibir la noticia con madurez, y el colaborador, comunicarla con responsabilidad. No se trata de hacerle un favor a la empresa ni de castigar a quien se va, sino de cerrar bien un ciclo.
Lo que aún sorprende es la actitud de algunos jefes ante las renuncias de un día para otro. Se lo toman como algo personal porque sienten que la persona “abandona” el trabajo, cuando muchas veces la decisión obedece a las circunstancias. Además, olvidan que, a la hora de despedir, esos mismos estándares de consideración en ocasiones cambian: al empleado se le dan menos de dos horas para salir de la oficina, se le cancela la cuenta de correo y se le pide entregar los equipos de inmediato.
La lealtad no se demuestra con quedarse a cualquier costo ni con cumplir un número determinado de días. Se construye durante el tiempo de trabajo compartido: en la manera de desempeñar las funciones, en el trato a las personas y en la forma de enfrentar los momentos difíciles.
Renunciar no debería ser una traición ni despedir debería convertirse en un acto de indiferencia. En ambos casos hay una persona que toma una decisión quizá necesaria, aunque no siempre sea fácil para la otra parte.
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