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Analistas 30/09/2021

Límites del directivo

Ciro Gómez Ardila
Profesor de Inalde Business School

¿Hasta dónde debe llegar el poder discrecional del directivo? En una conferencia en la Universidad Autónoma de Madrid sobre la explicación de las crisis ―disponible en internet― el profesor Fernando Esteve Mora, quién se declara economista marxista, propone que las empresas contratan tres distintas fuerzas de trabajo: el trabajo productivo, el trabajo improductivo pero necesario, y el trabajo improductivo e innecesario, los dos últimos llamados “falsos gastos de producción”.

Como ejemplo del trabajo improductivo pero necesario nombra a los celadores y a los trabajadores del departamento de ventas; y como ejemplo del trabajo improductivo e innecesario, al jardinero y al pintor que, aunque embellecen la empresa, no son necesarios para la producción.

Me parece que el expositor no valora lo suficiente la importancia de un buen ambiente de trabajo. Sin embargo, si sí me dejó pensando en que quizá hay otras cosas que verdaderamente son innecesarias y que aún así un directivo pueda pagar con el dinero de la empresa. Y ese pensamiento me recordó un el artículo de 1970 de Milton Friedman, “La responsabilidad social de los negocios es aumentar sus utilidades”. Es un escrito que ha sido muy controvertido y criticado, pero que, en mi opinión, entre las muchas cosas que expone, hay una que encaja muy bien aquí: el directivo no debería emplear los recursos de la empresa para satisfacer sus gustos o intereses.

Pongamos un ejemplo: Digamos que el directivo es un amante de la ópera y que, como tal, decide que la empresa haga una donación a la compañía de ópera de su ciudad. En sí misma, esa donación puede ser algo loable ya que está apoyando el arte y los artistas de la ciudad en la que funciona la empresa. Pero lo que no parece tan loable altruista es que para hacerlo use el dinero ajeno (el de la empresa) y no el propio.

Puse el ejemplo de la ópera porque me pareció que podía ser un ejemplo “neutro”. Pero son muchas las otras circunstancias en las que las decisiones del directivo pueden ser más criticables. Podría comprarse muebles de lujo para su oficina, obras de arte, carros para su servicio, todo esto aprovechando el poder discrecional que tiene, pero que le fue dado para buscar el bien de la organización, de los constituyentes de la organización, exclusivamente.

De la misma forma podemos incluir todas aquellas labores que astutamente puede arropar en el concepto de “responsabilidad social”, pero que en realidad corresponden a sus intereses o afectos personales. Con el dinero de la empresa puede hacer gastos en lo que considera importante, pero que no necesariamente tiene que serlo así para los otros constituyentes de la organización, como los accionistas o los empleados.

Y es que, como quiera que sea, los recursos de la empresa son limitados; emplearlos en algo implica no poder emplearlos en otra cosa. Hacer la donación a la compañía de ópera, si no hay una razón empresarial clara, es tomar el dinero de los accionistas y de los empleados, y asignarlo para asignarlo a lo que estos probablemente no quieren. En lugar de, digamos, subir los salarios, donemos. El lugar de distribuir dividendos, hagamos “labor social”. Despidamos a una parte de los trabajadores porque no hay con qué pagarles, pero simultáneamente apoyemos a la ONG que nos gusta.

¡Qué difícil que es, en ese sentido, la labor de un directivo! Puede usar recursos ajenos para satisfacer sus intereses y deseos personales; tiene el poder para hacerlo y las disculpas precisas para justificarlo, y, sin embargo, debe velar por los intereses de la organización a su cargo evitando esa gran tentación.