La semana pasada murió en Pasto doña Rosita Argoty, madre de Gloria Cecilia Narváez, secuestrada en Mali, un país africano, el 7 de febrero de 2017.

Ese día, un comando que se identificó como yihadista, asaltó el lugar, ubicado a 400 kilómetros de Bamako, la capital. Ante la intención y pretensión de llevarse a todas las personas de la casa, Gloria Cecilia actúo con grandeza y se ofreció a ir con ellos a cambio de garantizar la vida y libertad de las demás compañeras.

Los yihadistas aceptaron y se la llevaron a cambio. Hasta hoy poco se sabe de su destino. La última prueba de superviviencia, de 2018, evidenciaba su dedicación al cuidado de enfermos y heridos en una zona de conflicto. Su madre murió con la esperanza de verla en libertad, pero también con la convicción de que su hija estaba cumpliendo una misión superior.

Pero, ¿por qué una mujer colombiana estaba allí? ¿Qué hacía y cómo logró llegar hasta África? Gloria Cecilia no es una activista ni líder social, tampoco feminista o agente promotora de lo que hoy llaman derechos humanos. No hace parte de ONG alguna ni su drama estimula la intervención de un Nobel, pues no se trata del secuestro de una mujer reconocida o de la farándula, amiga de Michelle Bachelet o Greta Thunberg. Tal vez por esto su caso no despierta la sensibilidad en el mundo mediático ni político ni diplomático.

Gloria Cecilia es una monja, una monjita colombiana, una de las que ofrece su vida en servicio a los demás en el tercer mundo. Su secuestro hace parte de las nuevas persecuciones a los cristianos en pleno siglo XXI, una categoria de exterminio de ciudadanos sin derechos, como en la antigua Roma de los sanguinarios emperados.

Así como los cristianos se enfrentaron a los bárbaros, hoy la hermana Gloria se enfrenta con valor humano y espiritual, convencida en el cumplimiento de su misión. Ella, desde muy joven, hoy tiene 59 años, pertenece a las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, una congregación fundada en Túquerres, Nariño en 1893 por la beata Caridad Brader, una monja suiza emprendedora dedicada a la evangelización y educación de los más pobres.

Su vocación religiosa la cultivó con la ayuda de su madre, en el cálido ambiente de un hogar pastuso y en la comunidad creció su deseo de ir a llevar el mensaje del Evangelio a los más necesitados en Colombia, Ecuador y México. Y más tarde, con el propósito de ir a Africa, aprendió el francés y viajó a Benin y Mali, países donde ha dejado huella en el cuidado de niños recien nacidos y abandonados.

La familia y hermanas de su comunidad religiosa han tocado puertas buscando su liberación. El Gobierno colombiano, así como la Santa Sede, deben unir esfuerzos en este fin. Igual empeño podrían asumir organizaciones dedicadas a la defensa de la libertad de líderes sociales y defensores de derechos humanos en el mundo, pues no es honrado pensar que por ser monja carece de valoración y derechos. Un aporte en esta causa supone el recuerdo y actualidad permanente de su situación, pues el olvido es otra forma de sufrimiento.

Es evidente que la conflictiva situación política y social de Mali dificulta este proceso, pero se debe intentar un esfuerzo adicional de orden humanitario. La buena diplomacia del Vaticano y del papa Francisco, conocedor de los riesgos de las misioneras en esa parte del mundo, se podría desplegar en la protección y liberación de la la hermana Gloria Cecilia Narváez Argoty y de tantas otras personas secuestradas que padecen en el olvido.