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Analistas 11/02/2026

Liderazgo ético y empático: un reclamo de país

César Mauricio Rodríguez Zárate
Teniente coronel (RP) PhD. Research Associate Leiden University

En la academia, juntas directivas, empresas e instituciones, suele repetirse una queja generalizada alrededor de la ausencia de liderazgos. No es una simple necesidad de administradores de crisis; es el llamado urgente de líderes que rescaten la ética y las virtudes orientadas al crecimiento de las personas como un activo valioso y urgente para las organizaciones y el país.

Como nación, la crisis que enfrentamos de fondo es una crisis de confianza. La vida republicana en Colombia surgió en medio de desconfianzas, conflictos prolongados que ya completan dos siglos y una fuerte dependencia de personalidades políticas, las cuales profundizaron divisiones llevadas al extremo que hoy conocemos como polarización.

La confianza se construye a partir de líderes que produzcan las condiciones para que sus colaboradores o asociados crean y confíen; que depositen su fides o fe, su esperanza en el otro, para lograr un propósito superior, que es el propósito común. Para reconstruirla, quienes están al frente de las instituciones públicas, del sector privado y de las organizaciones deben volver la mirada al otro, y para ello la ética, que busca aquello que es bueno, perfecciona el significado etimológico de esa palabra: la confidentia, tener plena fe en algo o alguien para procurar el bien común.

Los estoicos enseñaron que la ética se desarrolla a través de las virtudes, coincidiendo con la sabiduría de los santos de antiguo en que son cuatro las que deben motivar la acción principal del hombre: las virtudes cardinales. Un liderazgo ético y empático se desarrolla primero a partir de la prudencia, que es la capacidad de discernir para tomar las mejores decisiones en procura del bien común. Segundo, la justicia. La Harvard Business School, en sus estudios sobre equidad organizacional, indica que esta es el motor del compromiso. Dar a cada quien lo que le corresponde es la única vía para cerrar las brechas que alimentan el resentimiento social o hacia las mismas organizaciones.

En tercer lugar, la fortaleza. En tiempos de crisis se requiere coraje para mantener el rumbo cuando las fuerzas flaquean. Es la resiliencia y capacidad para emprender, enfrentar y resolver problemas; además, es uno de los principales atributos del líder: es donde se desenvuelve por naturaleza, en la dificultad y la adversidad, pero motivado por el ánimo y la confianza. Finalmente, la templanza, el dominio de sí mismo ante el caos. La serenidad del líder es el ancla y la brújula de cualquier institución u organización. Un líder sabio entiende que sus decisiones pueden afectar el tejido organizacional o social por muchos años: pueden hacer brillar o acabar una institución.

El liderazgo del siglo XXI debe ser ético y empático. Se trata de inteligencia emocional y estratégica para conectar con las necesidades del trabajador y del ciudadano, quien solo aspira a crecer, mejorar su calidad de vida y otorgar bienestar a su entorno. Este liderazgo busca también inspirar, no solo con discursos, sino con la creación de acciones para que cada individuo crezca, dotándolo de herramientas para que sea dueño de su propio crecimiento personal, familiar, intelectual y patrimonial, de su movilidad social.

La verdadera transformación ocurre cuando el liderazgo se transforma en clave y propósito de servicio, cuando está orientado a buscar ese crecimiento para llegar a la excelencia personal en cualquier rol: como docente, servidor público, militar o policía, emprendedor, directivo empresarial, padre de familia. Es hora de dejar de administrar y empezar a liderar personas. Solo así, con la luz de la prudencia, la equidad de la justicia, la firmeza de la fortaleza y la compostura de la templanza, podremos relucir los liderazgos éticos y empáticos necesarios para convertir la desconfianza y la polarización en el prólogo de nuestra mejor versión como país.

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