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Carlos Ronderos - cronderost@gmail.com

En Colombia ha hecho carrera una actitud muy particular en la cual las cosas no están bien o mal, o justificable o condenables éticamente por sí solas, sino que su justificación se da en función de que alguien más hizo lo mismo o peor.

Cuando la opinión pública señala una acto de corrupción, una indelicadeza o lo que aparenta ser una falta de ética, el reclamo es automáticamente atribuido a una accionar político del bando opuesto que busca el desprestigio injusto de quien perpetua el acto, y no una preocupación legítima de una ciudadanía que busca transparencia y la ética pública.

Es entendible que toda crítica se vea como un acto de oposición cuando va en un sentido, y de un afán por desprestigiar la oposición cuando va en el otro sentido, pero lo que no es entendible que se pretenda que la crítica no tenga validez porque quien la formula tuvo de alguna manera alguna relación o vínculo con hechos iguales o peores en el pasado. “Usted que viene a criticar si usted (su pariente, amigo, contertulio etc) hizo esto hace años”. La justificación no está en función de demostrar que la crítica no tiene fundamento, sino en el hecho de que ya que todos estamos untados todos nos callamos.

Esta práctica, que dicho sea de paso igualmente se práctica en Venezuela como pudimos ver con la entrevista que Caracol le hizo al Fiscal Tarek William Saab que, cuando fue cuestionado por las prácticas non sanctas de la justicia y el gobierno venezolano, contesto olímpicamente, “en Colombia también”, es, desde luego, el nefasto resultado de un largo periodo de corrupción. Es como si la corrupción y la falta de ética del pasado justificara la corrupción y la falta de ética en el presente y en el futuro. ¿Qué importancia puede tener recibir una coima si fulanito de tal apareció recibiendo billetes en bolsas de basura?, ¿qué importancia tiene el abuso de un bien público para las distracción de los niños e invitados, si los hijos de los últimos cinco presidentes también abusaban?

Esta situación necesariamente lleva al país al circulo vicioso de la corrupción. Nada es condenable porque ya todo se ha hecho y no paso nada. Es la aplicación en la vida política y pública de la sentencia bíblica de que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, lo cual resulta absurdo porque por una vía u otra, por asociación o por coincidencia, en un país con los niveles de corrupción y violencia como los nuestros ninguno de nosotros estamos libres de pecado. Así el pecado sea el pecado original con el que todos nacemos.

Como todos sabemos, existe una gran polarización que agrava aún más el fenómeno porque al “usted también” se suma además “lo dice porque es uribista” (o santista o petrista, según sea el caso). Con la justicia politizada y con graves manchas de corrupción en todos sus niveles los fenómenos anteriores cobran dimensiones catastróficas. Cuando las justicia cojea, se dice que cojea por corrupta y cuando actúa también es corrupta (o uribista o santista o de izquierda), o se argumenta que poca fuerza tiene una justicia que ha mostrado actos de corrupción.

La gran pregunta que debemos formularnos los colombianos es como salir de este circulo vicioso. Como hacemos para aplicar a la sanción social “perdón y olvido”. Sí, eso paso pero no por eso debe seguir pasando; sí, ha habido corrupción, no por ello se justifica la actual; sí ha habido impunidad, no por ello los actos de corrupción deben quedar impunes.

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