Analistas

El mundo se está cerrando

Está de moda atacar la apertura comercial y los tratados de comercio e integración. Recientemente la Gran Bretaña voto por retirarse del acuerdo de integración más importante del siglo XX-la Unión Europea, mientras que en el último debate presidencial de los Estados Unidos ambos candidatos, demócrata y republicano anunciaron su Acuerdo Transpacífico, TPP por sus siglas en inglés. 

Las voces que atacaban los acuerdos de libre comercio y los procesos de integración salían en el pasado de foros antiglobalizantes de izquierda extrema. Eran voces marginales que en los círculos del poder se apreciaban como insensatas y un poco díscolas. Ahora la arremetida es “mainstream”, ya que proviene de las más alta esferas del poder político y se manifiesta en eventos como los dos mencionados en el párrafo anterior.

En la última década del siglo pasado (1994) los países alcanzaron, en el marco de la OMC, el más importante acuerdo de comercio mundial a esa fecha- la Ronda de Uruguay. Allí por primera vez 123 países acordaron entre otros aspectos los relacionados con la propiedad intelectual y el comercio de servicios, así como de una gran cantidad de disciplinas del comercio exterior.  

Entusiasmados los países miembros iniciaron una nueva ronda de negociaciones con la Ronda de Doha, mucho más ambiciosa que aquella de Uruguay. No obstante los múltiples esfuerzos esta ronda fracasó y los países optaron por el Plan B; ante el fracaso de las negociaciones en el marco del multilateralismo (OMC) procedieron a modernizar las reglas del comercio mundial en el marco del bilateralismo y el regionalismo, con la suscripción de 250 que hoy están oficialmente registrados ante la OMC. 

Estos tratados son indispensables para hacer eficiente la nueva estructura de la producción mundial de bienes y servicios que se expresa en las Cadenas Globales de Valor. Asociado a los menores costos de transporte y comunicaciones, partes y piezas empezaron a viajar por el mundo para ser ensambladas finalmente en algún destino acumulando eficiencia en cada paso de este proceso. 

Con la crisis de los commodities y la desaceleración de China este andamiaje sufrió un duro golpe y los flujos mundiales de comercio cayeron. En el guayabo de esta crisis que significó mayores tasas de desempleo en la mayoría de los países, lo más fácil es echarle la culpa de todos los males al comercio mundial, como si este esquema no fuera el generador de las eficiencias que permiten producir bienes y servicios mejores y más baratos. Ha hecho carrera la tesis de los mercantilistas del siglo XVIII según la cual un bien importado son empleos que se sacrifican en el país para favorecer al país exportador. Algo así como que el que exporta gana y el que importa pierde, teoría populista que llevaría a pensar que el comercio mundial es un juego de suma cero. 

Suponiendo que esta corriente triunfe cabe preguntarse como será que se van a articular las cadenas globales de valor en un mundo lleno de barreras y obstáculos al comercio.  Cuanta eficiencia mundial se perderá y será los consumidores de todo el mundo quienes asuman esos costos vía mayores precios, lo que redundará al final, como ya estamos viendo en Gran Bretaña, en una desaceleración económica. Por ese sendero nos espera ostracismo económico y oscurantismo político.