La serenísima República

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Cada día más nuestra organización política se parece más a aquella que describió el Canónigo Vargas en la maravillosa pieza de Machado de Assis escrita en 1882 bajo el título de la “Serenísima República”. Somos, al igual que el mundo arácnido de esa República, un pueblo nuevo (199 años) apenas en la formación de su democracia pero al igual que ellos “no obstante las incertidumbres de la edad, (avanzamos), contando con algunas virtudes que presumo esenciales a la duración de un Estado. Una de ellas, como ya dije, es la perseverancia, una larga paciencia de Penélope”, según asegura el narrador, el mismo Canónigo Vargas.

Al igual que esta organización social, Colombia cree que en el acto electoral está la base de la vida pública, y por eso como los arácnidos de esta república lo ejercemos con la mayor atención. Así, con un sistema de balotas donde se seleccionaba quienes abrían de ser elegidos se procedieron a realizar varias elecciones hasta que uno denunció fraude por existir un nombre repetido lo que daba mayor opción a ese candidato. Una vez revisado se encontró que era cierto y la explicación es que eso se debió a una confusión y por ello se procedió a reformar el tamaño de la bolsa para que cupieran el número exacto de balotas, pero allí nuevamente surgió un ilícito ya que se dejó por fuera el nombre de un candidato para lo cual se procedió a otra reforma del sistema sin mayores resultados. Algo similar nos sucede ya que cuando se detecta que el sistema electoral esta viciado y que surgen prácticas que ponen en riesgo la transparencia de nuestro sistema democrático, surge el debate, se proponen reformas electorales sin que ello logre nunca resolver el problemas, ni señalar culpables de las fallas del sistema.

Lo que corresponde es debatir el tema y llegar a acuerdos que reformen los procedimientos para que todo siga igual. Son estos padres de la patria que construyen la urna de cristal de nuestra democracia como las damas de República de Machado que tejen las bolsas de la balotas, como Penélope que tejen de día lo que deshacen de noche, en espera de su amado siempre “casta, paciente y talentosa”.

En el mundo de la Serenísima República existían partidos. El de los Rectilíneos que consideraban que las telarañas se deberían fabricar con hilos rectos y los Curvilíneos que defendían la manufactura con hilos curvos. Había desde luego eclécticos que defendían la combinación de las dos formas. Narra el Canónigo que: “como la geometría era capaz de dividirlos, sin llegar a apasionarlos, adoptaron un estatuto simbólico.

Para unas, la línea recta expresa los buenos sentimientos, la justicia, la probidad, la entereza, la constancia, etcétera, mientras que los sentimientos malos o inferiores, como la adulación, el fraude, la deslealtad, la perfidia, son perfectamente curvos. Los adversarios responden que no, que la línea curva es la de la virtud y la del saber, porque es la expresión de la modestia y de la humildad; al contrario, la ignorancia, la presunción, la necedad, la fanfarronería, son rectas, duramente rectas”. No es difícil encontrar las similitudes con nuestra realidad donde se proclama la ausencia de pasión y se llama a la unidad nacional, cada uno en el convencimiento de ser dueños y poseedores de la moral.

Difícil abarcar en este corto espacio la esencia de la mordacidad, ironía y humor de esta pieza que no conocía, pero más allá de esta cortas reflexiones la recomendación es la lectura detallada del texto que se consigue fácilmente en internet.

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