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Los comentaristas políticos se han preguntado en estos días acerca del futuro de Cambio Radical, el partido del tristemente desaparecido Germán Vargas Lleras, y todo parece indicar que este tiende a desaparecer. De hecho, le fue muy mal en las últimas elecciones, en las cuales no participó Vargas Lleras.
Pero este no ha sido solo el caso de Vargas Lleras y Cambio Radical; también ha sido el caso de Galán y el Nuevo Liberalismo, Álvaro Gómez y el Movimiento de Salvación Nacional, e inclusive el del gaitanismo. Estos partidos y movimientos existieron porque había un caudillo que lo era todo, y la organización de partidos nunca se dio. Por el contrario, surgieron de los partidos tradicionales y, incapaces de liderar el proceso de su planteamiento al interior de ellos, se encargaron de debilitar a los partidos tradicionales.
Pero esto no solo es cierto de los partidos y movimientos de jefes caídos; también lo es del curso actual de la política. El Pacto Histórico existe porque tiene a Petro como caudillo que aglutina las fuerzas de izquierda, y el Centro Democrático existe porque Álvaro Uribe es el caudillo que agrupa esa colectividad, y me atrevería a decir que, al igual que todos los movimientos y partidos de corte caudillista, desaparecerán el día en que falten Gustavo Petro o Álvaro Uribe. La historia nos ha mostrado que, en el mejor de los casos, lo poco que persiste de estos partidos y movimientos es la prolongación lánguida en cabeza de sus familiares.
Es que, desafortunadamente, en Colombia no hay partidos con jefes, sino jefes con su propio partido, al punto en que lo que llamábamos partidos, el Liberal y el Conservador, han tendido a desaparecer: ya ni siquiera presentan candidatos presidenciales. Se han convertido estas colectividades en razones sociales para pequeñas empresas políticas familiares, reproduciendo la figura del caudillo, pero en una escala menor a nivel regional: el clan Aguilar en Santander o el clan Char en Atlántico, y así sucesivamente.
Lo estamos viendo en la campaña presidencial actual, en la cual los protagonistas, de una manera u otra, son Gustavo Petro y Álvaro Uribe, de quien vale la pena decir que, con su gobierno y los gobiernos que ha puesto, ha gobernado a Colombia por 16 años. Cepeda, sin Petro, sería un senador más, así como Paloma, sin Uribe (su papá), sería apenas una de las damas de hierro de Uribe. Ahora surge un nuevo caudillo, al igual que todos los caudillos con cierto toque populista, en cabeza de Abelardo de la Espriella. Veremos si, como el ingeniero Hernández, es flor de un día y de las circunstancias o es un caudillo con largo alcance.
Si bien la democracia electoral está bien arraigada en Colombia y cada cuatro años, desde 1958, realizamos elecciones para elegir presidente y Congreso, sin partidos fuertes no hay democracia íntegra ni probabilidad de progreso. Los partidos tienen programas y posturas de largo alcance, mientras que los caudillos improvisan y sus planteamientos casi nunca tienen éxito cuando acceden al gobierno, porque carecen de la estructura que tienen los partidos. Son los partidos, con un programa y su bancada, los que permiten tener el recurso humano y político para que los planteamientos lleguen a ser realidad en el poder.
Los problemas de Colombia son endémicos: la droga, la seguridad, la corrupción y el clientelismo y, desafortunadamente, a pesar del esfuerzo y las buenas intenciones del caudillo, estos problemas persistirán.
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